Sociedad ilegal

Sociedad ilegal

Febrero 19, 2014 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Una labor importante que se puede hacer desde una columna de opinión es contribuir a poner en su justa medida las ilusiones que se construyen alrededor de un proceso de paz. Muchos se imaginan que con una negociación exitosa con los grupos guerrilleros, la difícil situación colombiana se va a resolver de un momento a otro y vamos a entrar en un ‘reino milenario’ de la paz y la concordia. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles. Tendremos seguramente muchos grupos que no van a querer entrar en el proceso, porque encuentran más atractivo continuar provechando las ventajas de las economías ilegales. El asunto va mucho más allá y por ello es importante enfocar el problema desde su raíz.¿Qué hace posible que en Colombia tengamos grupos guerrilleros en el año 2014 cuando en la totalidad de los países latinoamericanos grupos similares se disolvieron hace muchísimo tiempo? ¿Que hace posible que aquí se haya instalado el negocio del narcotráfico hasta el punto de que en algún momento fuimos el más importante productor de droga e incluso el único? ¿Qué hace posible que con el pretexto de combatir a los grupos guerrilleros se hayan formado unos grupos paramilitares tan poderosos, vinculados al narcotráfico tanto como sus enemigos?Las respuestas, que no necesariamente son falsas, abundan. Las guerrillas tienen que ver con la desigualdad social, la inequitativa distribución de la tierra, la pobreza rural. El narcotráfico existe porque hay una demanda externa y por que el país presenta condiciones excepcionales de clima, posición geográfica y existencia de regiones apartadas propicias para el cultivo. A todo esto podríamos agregar un Estado precario, que nunca ha tenido verdaderamente un control del territorio, sobre todo en la periferia. Sin embargo, habría que anotar que todos estos aspectos constituyen condiciones necesarias pero no suficientes para explicar nuestra condición. Países vecinos presentan indicadores similares pero no han conocido los horrores de nuestra situación. A pesar de la dura represión las Farc siguen vivas, el narcotráfico está en permanente mutación y los grupos paramilitares han cambiado de fachada.El hecho real y cierto es que pocas veces se le ha dado la importancia debida a lo que representa entre nosotros una ‘cultura de la ilegalidad’, que es el trasfondo sobre el cual se construyen todo tipo de prácticas delictivas. Vivimos en un país en el que las fronteras entre el mundo de lo legal y el mundo de lo ilegal son extraordinariamente difusas. Las prácticas ilegales no son simplemente el resultado de la acción de unos delincuentes claramente diferenciados, que existen por allá, lejos de las ‘gentes de bien’, sino algo profundamente integrado a la vida corriente. Las instituciones tienen un doble funcionamiento en cada uno de estos mundos. Todo el mundo sabe que lo que no puede conseguir por una vía lo consigue por la otra. Desde muy pequeño se aprende a conocer la ley pero también a violarla. Y ese doble juego está tan inscrito en la cotidianidad que ya ni siquiera nos damos cuenta.La máxima expresión de esta ‘cultura de la ilegalidad’ es sin lugar a dudas la corrupción. Y por ello las denuncias que ha hecho la revista Semana con respecto a lo que ocurre en este momento en algunos sectores militares son desmesuradamente graves y constituyen, además, una pésima noticia para las posibilidades de un verdadero ‘proceso de paz’. Parafraseando a un célebre analista del narcotráfico se podría decir que más que legalizar la droga o negociar con los grupos armados, lo que hay que hacer es legalizar a Colombia.

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