Ser joven en Potrero Grande

Diciembre 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Hace un par de semanas la ciudad se conmovió con la noticia de que los habitantes del barrio Potrero Grande fueron agredidos en la madrugada por un grupo de pandilleros provenientes del mismo sector, con el resultado de cuarenta casas saqueadas, dos personas heridas (una de ellas murió dos días después) y un grupo de cien familias que se vieron obligadas a abandonar sus viviendas. La causa de la agresión provenía probablemente de la retaliación de una banda contra unos vecinos que se habían negado a pagar un extorsión entre 15.000 y 20.000 pesos semanales. ¿Quiénes son estos jóvenes que agreden a su misma gente? ¿Qué significa ser joven en las condiciones precarias de este tipo de barrio? Esta es la pregunta que se hace el estudiante Néstor Pulgarín, en su trabajo de grado para obtener el título de sociólogo en Univalle, de donde proviene la información de esta columna.Potrero Grande nació entre los años 2006 y 2007 con la construcción en ladrillo de 4.829 unidades de vivienda, cuyo objetivo era reubicar a una población procedente de la Costa Pacífica y de Nariño que se había establecido de manera irregular y peligrosa en las zonas cercanas al jarillón del río Cauca. Sin embargo, en la nueva ubicación, el temor “ya no se concentra en el inestable dique y en las posibles inundaciones” sino en “la inseguridad, las armas, la violencia, la extorsión, el microtráfico y la guerra entre pandillas”. El nuevo asentamiento se convierte en uno de los lugares con mayores tasas de homicidio de la ciudad. La muerte se integra a la vida cotidiana del barrio, ya que por lo general las familias tienen miembros vinculados con grupos o con situaciones de violencia. Hasta los niños juegan a la muerte. Desde muy temprano se familiarizan tanto con la violencia que en sus propias actividades lúdicas “se preparan para ser violentos”. Son comunes los juegos que simulan enfrentamientos: “representan con sus dedos un cuchillo o con palos tallados en forma de pistola se imaginan estar en medio de una balacera”; utilizan un léxico violento e insultante y emiten sonidos similares a los de un disparo. Y de todo ello resulta un ‘muerto’ que debe ser velado y enterrado. Uno de los niños actúa como muerto. Construyen con cartones viejos un ataúd, ponen velas a su alrededor y lo adornan con una cruz de palo; las niñas traen un café imaginario e incluso rezan y los demás responden; lloran al ‘desaparecido’, algunos dicen “palabras alusivas a su vida y otros hablan de la manera de vengar su muerte”. Luego llevan el ‘cadáver’ al ‘cementerio’ que es la cancha de fútbol del sector, hasta que algún incidente anodino los trae de nuevo a una realidad que es muy similar a la de sus juegos.El rap y la salsa, que hacen parte de la cotidianidad de los jóvenes, son utilizados para “cantarle a la pobreza, a los abusos de la policía, a la injusticia social y a la violencia”. Los relatos improvisados de las canciones van construyendo una identidad narrativa, sirven como medio para dar salida a sus propias vivencias y experiencias, para elaborar “una interpretación de la realidad del barrio, para explicar el hambre, la pobreza, la manera de matarse entre sí o para reflexionar sobre la discriminación racial o el abandono del Estado”. Y esta música se expande por las calles, como el escenario privilegiado de la “socialización violenta” de los jóvenes.Uno de los entrevistados por Pulgarín, haciendo referencia a la omnipresencia de la violencia en sus vidas desde la más tierna infancia, afirma: “por eso es que muchos de los pelaos van creciendo con ese rencor, con ese odio y uno termina convirtiéndose en lo que es; si usted parcero estuviera en mi lugar entendería por qué yo y varios de nosotros somos así, unos bandidos”.

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