Ricardo III, hoy

Ricardo III, hoy

Marzo 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Había una vez un rey vil y depravado, un verdadero monstruo de la maldad y del despotismo llamado Ricardo III que, después de haber asesinado a todos los pretendientes al trono, gobernó Inglaterra e Irlanda por un breve período entre 1482 y 1485, murió de forma prematura en plena batalla al final de la Guerra de las Dos Rosas y fue inmortalizado por Shakespeare en una de sus grandes obras. Hace poco más de dos años se encontraron unos restos mortales en un prosaico parqueadero de Leicester los cuales, después de muchas pruebas, demostraron pertenecer a este inicuo personaje. Durante la semana que transcurre se le está rindiendo homenaje en esa ciudad, con procesión y cámara ardiente, y mañana jueves 26 de marzo, con la presencia probable de la reina Isabel II, se le hará un entierro solemne al único rey insepulto de la historia de este país. Algunos alegan que la imagen que nos presenta Shakespeare de este sujeto es el resultado de la ‘mala fama’ que difundió la dinastía Tudor, que se instaló en el poder después de su muerte, y ahora se está haciendo la reparación de una ‘deuda histórica’. Sin embargo, el empeño es vano porque la literatura ya hizo su trabajo durante varios siglos.Ricardo III, como tantos otros héroes de la literatura (Ulises, Edipo, Hamlet, Quijote, Fausto) pertenece ahora al reservorio de una memoria colectiva que lo identifica con el abuso del poder, considerado como un fin absoluto; con el recurso sin escrúpulos al asesinato, al engaño y a la crueldad, cuando sean necesarios para lograr los propósitos políticos. Shakespeare, con su gran talento de ‘creador de caracteres’, nos presenta la figura de este personaje de manera cruda, casi obscena, exagerando sus rasgos para no mitigar el horror que representa. La escena II del primer acto, en la que seduce a Lady Ana, la viuda del rey Eduardo V, de cuya muerte es responsable, es una página que hace parte de la antología del cinismo.No obstante, la singularidad de Ricardo es que pertenece a la estirpe de los vengadores que quieren el poder para utilizarlo en la búsqueda de compensación y reparación por un perjuicio sufrido. En su caso, se trataba de cobrarle una cuenta a la “pérfida naturaleza” que lo hizo feo y repugnante, maltrecho y jorobado, “deforme, inconcluso y enviado antes de tiempo”, “a medio hacer apenas y tan cojo y tan falto de garbo” que los perros le ladraban cuando se detenía al caminar. Y por ello decide “probarse como villano”, como hombre “de excepción”, porque debido a su condición se cree con derecho a hacer todo lo que quiere, a poner su voluntad por encima de la ley y de todo tipo de consideración, sin sentimientos de culpa ni vacilaciones. Pero, eso sí, camuflando sus mezquinos intereses en un discurso del interés colectivo de su reino.La importancia de la lectura de Shakespeare es que nos ayuda a descubrir, en los personajes que nos rodean aquí y ahora, la existencia de una serie de caracteres que nos pasarían desapercibidos si no leemos sus libros. Y así, esta obra magistral se puede convertir entonces en una especie de ‘medio de contraste’ que nos permite identificar los innumerables ‘Ricardos terceros’ que encontramos en nuestro entorno, y reconstruir la biografía de nuestros propios ‘monstruos’ de la maldad y la arbitrariedad, no sólo los que aparecen en los ‘márgenes’ (narcos, guerrillos o paras) sino también los que actúan en el ‘escenario de la legalidad’, que enmascaran sus discursos en el lenguaje de los afectos, de la paz y la concordia, y convierten la búsqueda del poder en un medio para la realización de la venganza, como único motivo de sus luchas. Le propongo, pues, estimado lector, una buena lectura y un buen motivo de reflexión para la ‘semana de pasión’ que se avecina. Paz en su nueva morada al rey Ricardo III.

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