¡Que vivan los estudiantes!

Enero 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Durante el segundo semestre del año pasado los estudiantes de las universidades colombianas marcaron la pauta nacional con un gran movimiento en contra de la reforma de la Ley 30 de educación superior, propuesta por el gobierno, que dio lugar finalmente al retiro de la iniciativa en el Congreso. Las características de la movilización estudiantil, con sus abrazos y sus besos, me parecieron atractivas y me motivaron a reunir en la Universidad del Valle a un grupo de los participantes, para conocer más de cerca sus impresiones. Y me he llevado una gran sorpresa al encontrar en estos muchachos jóvenes, cuya edad gira alrededor de los 20 años, una serie de ideas, proyectos y aspiraciones que nos muestran a las claras que las nuevas generaciones si constituyen efectivamente una promesa para el futuro del país.El movimiento estudiantil no fue improvisado propiamente sobre la marcha. Nació entre el 2007 y el 2009, cuando el gobierno de entonces intentó cambiar la financiación de la Universidad; rápidamente alcanzó cobertura nacional y se proyectó como movimiento de largo plazo. Los muchachos y muchachas se dedicaron a estudiar y a prepararse sobre el tema, hicieron foros, asambleas y reuniones de más de 20 horas e invitaron a sus profesores para que les ayudaran a conocer mejor los problemas del país. El movimiento estudiantil de 1971 ha estado en el trasfondo como referencia remota y lo sucedido en países como Chile, donde se ha dado una lucha contra los efectos desastrosos de la privatización de la educación superior, constituye una de sus inspiraciones fundamentales.Cuando se les pregunta por la finalidad del movimiento dicen que su lucha no ha sido sólo contra la reforma de la ley 30 sino también por la construcción de una nueva ley de educación superior. Quieren defender ante todo la financiación estatal de la universidad, su autonomía, la calidad académica, la vigencia de las libertades democráticas; y estrechar los vínculos entre la universidad y la sociedad. Y todo ello con base en la idea de que el mejor mecanismo para transformar este país es la educación. El movimiento, con su carácter pluralista y pacífico, está allí para permanecer y aún va a dar mucho de que hablar en los próximos años.Uno de sus logros es el hecho de que rompe con la violencia que ha sido la constante durante mucho tiempo en las movilizaciones estudiantiles en Colombia (las pedreas, el ‘tropel’, el enfrentamiento con la Policía). Los estudiantes son más conscientes que nunca de que este tipo de prácticas es inocuo y contraproducente y lo que logra es la animadversión de la sociedad. En contrapartida, se han dedicado a renovar los ‘repertorios’ de la lucha, con sus comparsas, pinturas, disfraces y marchas nocturnas con antorchas. Inspirados en lo sucedido en Chile hicieron una jornada de intercambio de besos en las calles y en Cali se inventaron los abrazos: los abrazos de los carros, las busetas, las tanquetas de la Policía y del propio campus universitario en una interminable cadena de manos que se unieron para proteger la Universidad.El movimiento de los estudiantes no debe asustar a nadie. Por el contrario es un ejemplo por excelencia de la canalización positiva de la protesta popular. Hay que escoger entre un país con guerrillas, que justifican las arbitrariedades del uso del poder, o un país con movimientos sociales, que controlan sus abusos. Algunos sectores de las elites dirigentes prefieren la primera opción. Hay que luchar por la segunda, porque allí está el futuro y los estudiantes nos están dando el ejemplo. Como en la canción de Mercedes Sosa, “que vivan los estudiantes porque son la levadura, del pan que saldrá del horno, con toda su sabrosura”.

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