Política y populismo

Marzo 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Las dos grandes noticias internacionales de los últimos 15 días nos plantean problemas extremadamente interesantes.Primero, la muerte de Chávez, y todo lo que desató en ese país; y luego, la elección de un Papa latinoamericano, por primera vez en la historia. Si nos atenemos a la versión del presidente Maduro, la intervención de Chávez a su llegada a la corte celestial fue decisiva para que Dios se fijara en América del Sur, así no hubiera tenido en cuenta que existían grandes discrepancias políticas y personales entre Bergoglio y la Kitchner, una de las principales aliadas del gobierno venezolano. Pero como diría el expresidente Uribe, los designios de Dios son inescrutables.Dejando de lado el tema teológico, un aspecto prosaico no menos interesante es la inmensa movilización popular que produjo la confirmación de la muerte de Chávez. A primera vista no es claro cómo un país al borde del abismo, con la inflación más alta de América Latina, desabastecido e importador del 70% de sus productos alimenticios, con una deuda externa crecida, una dependencia excesiva de un solo producto de exportación, corrupción, violencia, democracia restringida, inseguridad y desempleo se bota a las calles para despedir al dirigente que de alguna manera es el principal responsable de la situación caótica que vive. Millones lloraron la desaparición del líder y hasta se dejaron engañar por sus nuevos amos en cuanto a las condiciones de modo, tiempo y lugar de la muerte.La respuesta a esta pregunta tiene que ver en primer lugar con el hecho de que buena parte de la población doliente había sido beneficiaria de las políticas sociales impulsadas por el régimen desde sus comienzos, a través de múltiples estrategias, como las llamadas ‘Misiones sociales de la V República’, orientadas a combatir el hambre, mejorar la salud, la educación, la disponibilidad de bienes primarios a bajo costo y demás. La labor de Chávez fue redireccionar la renta petrolera hacia los sectores más desfavorecidos, con el resultado de una baja de la pobreza absoluta. Y como dice el dicho, “obras son amores”.Sin embargo, el aspecto distintivo de esta política va más allá del mejoramiento de los indicadores sociales y tiene que ver sobre todo con el hecho de haber logrado que los pobladores más humildes del país reconstruyeran su sentido de pertenencia, sintieran que podían participar en la vida política, ganaran en autoestima, tuvieran ‘ganas de vivir’ y se sintieran objetivo de un proyecto que, a pesar de sus contradicciones, los tenía en cuenta. Todo ello con base en la identificación con un líder, cuya mera existencia física les garantizaba una vida digna. El gobierno de Chávez puede ser considerado desastroso, aún por sus mismos partidarios, pero era el gobierno que inmensos sectores de la población reconocían como propio. El periodista Petkoff, en un notable libro sobre el tema, trae la anécdota de una anciana muy humilde que participa en las manifestaciones de apoyo a Chávez en el momento del golpe militar de 2002, con un cartel en el que, con pésima ortografía, decía: “Debuelbanme (sic) a mi loco”.Chávez despilfarró la oportunidad para construir un nuevo país; casi todo lo hizo mal y hasta la misma política social es difícilmente sostenible después de su muerte. Sin embargo, más allá de sus excesos y arbitrariedades, en el trasfondo de su movimiento aparece una significación que retorna de tiempo en tiempo en casi todos los países de América Latina desde 1930 y que nunca ha encontrado una verdadera solución: la presencia e inclusión de los sectores populares en la vida social y política. Y esto es suficiente para ponernos a pensar a todos.

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