Política e imagen

Agosto 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La política no es el espacio para plantearse problemas metafísicos relacionados con la diferencia entre la percepción y la realidad. Por el contrario, es el mundo del simulacro y del espectáculo, donde las imágenes juegan un papel fundamental e imponen su lógica implacable por encima de las buenas intenciones o de los hechos efectivos.Eso ya lo dijo Maquiavelo en El Príncipe, un libro que debemos tener debajo de la almohada. Y se expresa también en aquella famosa frase que nos dice que la mujer del César no sólo tiene que ser fiel, sino parecerlo. O mejor aún, que si se trata de escoger, es más importante que lo parezca a que lo sea.La política hoy en día es un escenario teatral en el que los actores juegan a representar unos papeles y triunfan aquellos que mejor saben hacerlo.Pues bien, este dilema entre percepción y realidad, es la licuadora que tiene en problemas al Presidente Santos y que lo ha obligado durante los últimos 15 días a cambiar su estrategia de comunicación aún a riesgo de parecerse demasiado a su antecesor o de ser evaluado con las pautas que éste estableció. Lo vemos ahora, no propiamente sentado en Palacio, diseñando con sus colaboradores las políticas que el país necesita, sino en el “juego mediático”, recorriendo el país con traje informal en una apresurada “vuelta a Colombia”, bailando cumbia, montando a caballo, repartiendo abrazos y tomándose fotos con todo el mundo, en una nueva estrategia de conexión con la gente.Si revisamos todos los balances que la prensa presentó de sus dos primeros años de gobierno, la conclusión a la que podemos llegar es que los resultados no son negativos. Con excepción de la “gran metida de pata” de la reforma a la justicia, inadmisible e inexplicable en un hombre de su sagacidad política, y del imperdonable descuido en el tratamiento del tema de la salud, los otros aspectos de su gestión presentan signos positivos, incluso el tema de la seguridad. Pero el gran problema es que la gente no lo percibe así, aunque los analistas digan que la realidad es otra. Y allí es donde entramos en la metafísica, de la mano de las encuestas de opinión. ¿Qué es lo que la gente quiere? Imágenes, así como en el Coliseo Romano los espectadores querían sangre. La visita nocturna de un presidente a un hospital estatal para ver si los médicos están cumpliendo sus turnos, difundida por la prensa, es más importante en la mentalidad del vulgo que una buena política de salud. Una perorata rabiosa en los medios en contra de los terroristas puede llegar a tener más valor que una baja en la tasa de homicidios. El regaño en público de un ministro por incumplir sus funciones tiene más peso que la conformación de un buen gabinete. Un presidente bien montado en un caballo da la idea de que sabe sostener las riendas de cualquier cosa que sea. La inauguración de obras físicas, que se vean y que se palpen, es más importante que la promulgación de una ley que regule la justicia. Un buen ministro de propaganda puede ser más útil en el éxito de un gobierno que un buen ministro de hacienda.Y allí es donde Santos pierde el año con respecto a su hábil antecesor. Uribe fue un verdadero mago de las comunicaciones y de la propaganda, guiado más por su propio “instinto mediático” que por la habilidad de sus asesores. El mayor pecado de Santos es probablemente no haber podido diseñar una identidad precisa de sí mismo ante la opinión y los medios, en el mundo volátil de la imagen, en el marco de una civilización del espectáculo, que lo diferencie de Uribe. El verdadero balance de los resultados efectivos y positivos de ambos gobiernos aún está por verse.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad