Perdón y reparación

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Como todos sabemos, en los últimos años la solución de los conflictos...

Perdón y reparación

Agosto 12, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Como todos sabemos, en los últimos años la solución de los conflictos violentos ha cambiado significativamente. Anteriormente se otorgaba una amnistía y un perdón incondicionado a los alzados en armas, como requisito suficiente para su reintegración a la vida civil. Hoy en día las víctimas, que eran totalmente menospreciadas en otras épocas, han aparecido en el horizonte y ya no pueden ser soslayadas. Ya no basta solo con el perdón; también hay que considerar la reparación y algún tipo de sanción para los responsables, de cualquier tipo que esta sea. El temor es que, si no se cumplen estas condiciones mínimas, el conflicto puede resurgir más adelante, como bien conocimos en Colombia en épocas anteriores.La inquietud que quiero formular hoy es sobre el significado del perdón. En la televisión vemos aparecer muchas veces a gentes que después de haber sufrido un grave agravio dicen, de una manera más o menos tranquila, que no tienen ningún tipo de rencor con sus agresores. Y me pregunto hasta qué punto se trata en verdad de una frase sincera y no simplemente de una expresión meramente convencional y vacua. ¿Es posible perdonar a alguien que de manera intencional y cruda nos ha causado un daño irreparable? No lo creo. Además, el perdón está asociado con la posibilidad de olvidar y esto hace un poco más difícil la situación. Cuando se trata de un grave daño, el olvido es una condición difícil de lograr. Más que olvido, hay acostumbramiento, como dice una bella canción francesa (On n’oublie rien. On s’habitue).La petición de perdón por si misma no tiene mucho sentido. Cuando agraviamos a alguien, y luego le pedimos perdón, estamos simplemente haciendo un acto en dos tiempos, para satisfacer dos pulsiones por separado, una tras otra: podemos ser perdonados, pero nuestro deseo de hacer daño se cumplió; la ofensa se realizó y quedará allí sobreviviente hacia el futuro: “te ofendí, me perdonaste, pero no por ello la ofensa que te hice desaparece”. Ante un hecho cumplido, el perdón se convierte en un formalismo inocuo: “desde que se hicieron las disculpas, nadie queda mal”, dice el saber popular.El perdón tiene sentido si se inscribe en la dinámica de un intercambio simbólico en uno de cuyos extremos se encuentra la reparación. Es un hecho indudable que cuando le hacemos daño a una persona se impone necesariamente la obligación de reconocer la responsabilidad que tenemos y de pedir de manera explícita excusas por nuestros actos. Sin embargo, esto no es más que un primer momento, indispensable es cierto, pero no suficiente. El perdón, para que la ofensa pueda ser efectivamente olvidada, debe ir acompañado de una serie de actos o de compensaciones, no necesariamente materiales, que permitan reparar la ofensa y restaurar en algo la situación que se ha alterado por nuestros actos. El daño no se repara con palabras sino con actos que estén a su mismo nivel, así sea de manera simbólica.Las palabras perdón y reparación deben ir siempre juntas, para que el perdón sea realmente eficaz. Tenemos que ofrecerle al ofensor la posibilidad, no solo de que pida disculpas, sino también de que repare el daño. Solo así es posible el olvido, condición ineludible del perdón. Entre el perdón y el castigo (forma de ‘venganza institucionalizada’ que intercambia un daño por otro daño), hay que interponer un tercer término que es la reparación. Esto es lo que se está discutiendo en La Habana en este momento, pero es también una preciosa norma de convivencia, que debe ser impulsada y sostenida como condición para la construcción de una nueva relación social y como la clave del futuro de la paz en nuestro país.

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