No hablemos más de posconflicto

No hablemos más de posconflicto

Abril 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Desde este rincón de la provincia colombiana propongo al Gobierno, a las Ongs, a las universidades, a la Alcaldía de Cali, a la Gobernación del Valle y a todos los actores comprometidos en la actual situación, que no hablemos más de posconflicto. Y que transformemos esta denominación en otra más sencilla e, incluso, más evocadora: construcción de paz. Me parece que es un acto irresponsable del Gobierno haber optado por este tipo de denominación por lo que significa como creación de ilusiones que todos sabemos no se van a cumplir. Que bonito hubiera sido que en lugar de crear un Ministerio del posconflicto se hubiera creado un Ministerio de paz, más acorde con el artículo 22 de la Constitución que declara la paz “un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento". Las razones que sustentan mi propuesta son las siguientes, esquemáticamente presentadas para que sean más didácticas: 1. No crear ilusiones vanas. En las últimas décadas encontramos ejemplos de grandes ilusiones que se construyeron pero luego se vieron defraudadas. La más notable de todas es el ‘nuevo país’ que vendría después de la Constitución de 1991, que se había presentado como el gran acuerdo de paz que pondría fin a la violencia. Los años noventa han sido, tal vez, los más violentos de las últimas décadas. De manera similar, cuando se terminó con el cártel de Cali, alrededor de 1995, se decía que el narcotráfico había terminado. Vanas ilusiones. No creemos expectativas que no se van a realizar. 2. El enfrentamiento violento continuará. El desmonte de la estructura militar de las Farc es un paso adelante, fundamental en la construcción de la paz, pero es sólo eso. Las guerrillas del ELN siguen vivas; según la prensa el llamado clan de los Úsuga tiene más de 6000 hombres en armas y ha demostrado claramente su capacidad de movilización con el reciente paro armado; como ha ocurrido en todas las negociaciones de paz un sector importante de las propias Farc no se acogerá a la negociación; la propia firma del acuerdo puede ser un motivo para que se reconstruyan las ‘fuerzas oscuras’, como ocurrió con la persecución de la UP. El narcotráfico, que ha sido la gasolina de la violencia desde los años 1980, seguirá alimentando la situación. Las Bacrim, la delincuencia en las ciudades y las pandillas juveniles en los barrios no pasan por la lógica de estas negociaciones. En síntesis, el acuerdo con las Farc no desmonta el complejo andamiaje de las múltiples violencias que padecemos. 3. La noción misma de posconflicto es equívoca. Como lo señalé en una columna anterior (30-12-2015) lo que se terminaría sería el enfrentamiento armado, no el conflicto. Por el contrario, la desmovilización de los grupos armados abriría la posibilidad para que se desarrollen efectivamente los conflictos sociales, que la existencia de los grupos armados ha impedido. Negociar con las Farc no suprime el conflicto. Un país liberado del conflicto es una ilusión carente de fundamento y de realidad. No estamos a las puertas de un reino milenario de leche y miel. 4. No dar papaya. Hablar de posconflicto es una manera de presentarle en bandeja de plata a los enemigos de la paz el argumento que necesitan. Después de unos meses nos dirán que los nuevos sucesos confirman sus antiguos temores y su oposición al proceso de paz. La construcción de la paz es un proceso a mediano y largo plazo que compromete múltiples factores y no sólo la desmovilización de un grupo armado. Después de las negociaciones la situación política del país puede ser más compleja de lo que es ahora. Apoyemos el proceso, pero con realismo.

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