Mi voto por la paz

Junio 11, 2014 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Lo que más llama la atención en los debates que se han suscitado en torno a las elecciones presidenciales es la manera como buena parte de los electores, sobre todo los partidarios de Zuluaga, dejan a un lado toda capacidad de raciocinio para dejarse guiar por motivaciones puramente emocionales y por sentimientos como el odio, la venganza y el miedo. En ningún otro momento ha sido más importante que ahora pensar con la cabeza y responder a imperativos éticos.El presidente Álvaro Uribe cumplió una tarea, que hay que reconocerle, pero lo que vino después, sobre todo a partir de su segundo mandato, es francamente reprochable. Las evidencias están allí a la vista de todo el mundo: chuzadas, desinstitucionalización, caudillismo, falsos positivos, persecución a los periodistas, sospechas de vínculos con grupos dudosos, entre muchos otros aspectos. Sin embargo, los partidarios de su candidato Zuluaga se niegan a reconocer estas realidades, como si nada hubiera ocurrido y están dispuestos a hacer regresar este país a una situación de la que afortunadamente salimos. Los escándalos que sucedieron antes de la primera vuelta, en lugar de disuadir a la gente de votar por el candidato de marras, parece que se convirtieron en un estímulo para su triunfo. La gente aplaude al que se atreve a violar la ley o insultar a las instituciones sobre todo cuando es exitoso. El crimen paga y la trampa se premia. ¿Y por qué ocurre todo esto?El odio que este país siente por las Farc es infinito. Y es precisamente gracias a ese odio que ha ganado fuerza entre la ciudadanía la idea de que "todo vale" con tal de exterminarlas. Ese odio estimula la existencia de la ultraderecha, es la gasolina que alimenta el movimiento uribista y justifica todos aquellos actos ilegales que hemos conocido. No sé cuál sería la suerte política del presidente Uribe si no fuera por las Farc, sin la existencia de ese enemigo que le permite hacer y deshacer, mentir sin vergüenza, y manejar a su antojo al electorado con base en estimular el pánico en las mentes crédulas, que terminan dando por ciertos toda clase de infundios. Por este motivo es bastante comprensible la idea de oponerse al proceso de paz, porque si las negociaciones triunfan se quedaría sin piso político.El conflicto armado que atraviesa Colombia no sólo afecta la prosperidad económica, como dice el Presidente, sino que es altamente regresivo, es decir, es funcional para el mantenimiento de las desigualdades, inhibe el cambio social, impide el libre desarrollo de la política y, además, es un buen negocio para muchos. Ciertos sectores de las elites políticas lo han entendido muy bien y por eso no están interesados en las negociaciones. El chantaje permanente que significa la existencia de las guerrillas es una de las principales garantías para el mantenimiento de sus privilegios y para bloquear las reformas que este país necesita a gritos.Por este motivo apoyar el proceso de paz es un paso adelante fundamental, sobre todo porque permite transformar las condiciones de hacer política, sin que los grupos armados vengan a copar los espacios democráticos de los movimientos sociales, que son el factor fundamental del cambio.Lo que está en juego en la oposición entre Santos y Zuluaga es el espacio de la política democrática. Tenemos que escoger entre un país con guerrillas o un país con movimientos sociales. Al presidente Santos, a pesar de las críticas que podamos hacerle, hay que reconocerle que se jugó la carta de la paz. Las negociaciones van en serio, como nunca antes había ocurrido y Zuluaga ha prometido que las interrumpiría de inmediato. Por eso voto por Santos, porque creo que la paz es el interés prioritario.

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