La tragedia se repite dos veces

Abril 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Una célebre frase de Marx dice que “la historia se repite como si dijéramos dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa”. En el caso del conflicto colombiano parece más bien lo contrario: la tragedia se repite idéntica dos veces. La primera, la Violencia de los años 1950, que enfrentó en una lucha fratricida a humildes campesinos liberales y conservadores; y la segunda, el conflicto conformado alrededor de la guerrilla que podría ser considerado, no sólo como la confrontación entre unos grupos armados y el Estado, sino como una forma más de la auto anulación y la auto destrucción de los propios sectores populares, que son sus verdaderos protagonistas.Los sectores populares, excluidos desde los años de la Conquista española de una posición digna en la sociedad, trataron de alcanzar una “ciudadanía política y social” a través de la Revolución en marcha de López Pumarejo en los años 30 o de la movilización gaitanista en los 40, pero terminaron finalmente enfrentados en una lucha entre iguales en la Violencia de los 50: el campesino de una vereda (Boavita) persigue a muerte hasta destrozar con sevicia al campesino de la vereda del frente (Chulavita), con el que comparte las mismas condiciones de pobreza, analfabetismo y marginalidad, por la única razón de una diferencia de color político. El cura Camilo Torres, con exceso de optimismo, veía allí una “revolución frustrada”, pero lo que realmente había era todo lo contrario: un pueblo que se autoaniquilaba, que se destruía a sí mismo y que, al convertir el crimen en la única alternativa de afirmación de su identidad social y política, era el protagonista de una verdadera contrarrevolución, en la cual era su propio victimario.Las guerrillas de los años 1960 trataron, aprovechando la revolución cubana, de ponerle color político a las luchas armadas. Sin embargo, desde comienzos de los años 1980 la lucha se degradó y los grupos armados, aun conservando las motivaciones políticas, como lo plantea el informe del Pnud de 2003, elevaron al primer rango los objetivos militares y económicos y se convirtieron en autores de crímenes atroces. Hoy en día las principales víctimas del conflicto son los humildes habitantes de los pueblos y de los campos, trabajadores, muchos de ellos paupérrimos, marginados y excluidos. ¿Qué diferencia hay entre un paramilitar, un guerrillero y un soldado? Todos provienen de la misma entraña popular. Una vez más, una violencia fratricida, como en los 50.Bienvenidos los análisis económicos o políticos, “estructurales” o estratégicos del conflicto colombiano, pero no hay que olvidar la “dimensión horizontal (fratricida)” de la lucha y la idiosincrasia de nuestro pueblo: el recuerdo de la humillación sufrida en la Violencia de los 50, su carácter autodestructivo, su incapacidad de afirmarse como sujeto de derechos, su preferencia por la violencia como forma de afirmación de su identidad, la costumbre de buscar los enemigos entre sus propios vecinos y parientes y no en los miembros de grupos externos.Lo que está verdaderamente en juego en las negociaciones de La Habana no son sólo unas reformas, sino la posibilidad de que el pueblo colombiano ingrese en el universo de la civilización, participe efectivamente en la vida colectiva, adquiera una autoestima, sea reconocido y valorado y entienda que la violencia, provenga de donde provenga, en lugar de enaltecerlo, es su tragedia y la vía regia para lograr su propio aniquilamiento. El conflicto colombiano, como dice el profesor Pécaut, es funcional al mantenimiento del statu quo. Y por ello algunos sectores de las elites políticas saben muy bien que la mejor alternativa, para que nada cambie, es mantener la guerra y al pueblo en su abyección.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad