La suerte está echada

Noviembre 30, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Ocurrió lo que tenía que ocurrir. El presidente Santos hizo exactamente lo que tenía que hacer: escuchar las propuestas de los partidarios del No, renegociar el acuerdo y hacer una nueva firma antes de que la situación se deteriorara definitivamente. Con el nuevo documento se amplió la base de legitimidad de lo convenido pero, como era perfectamente previsible, los miembros del Centro Democrático no quedaron conformes con el resultado final.No podía ser de otra manera. Primero se opusieron a las negociaciones en nombre de continuar las operaciones militares contra las Farc; después, cuando vieron que la cosa iba en serio, dijeron que no eran enemigos de la paz sino partidarios de llegar a un mejor acuerdo. El plebiscito lo rechazaron e, incluso, lo demandaron ante la Corte Constitucional. Pero una vez obtenido el triunfo cambiaron de opinión. Y, al ritmo de las circunstancias, se declararon partidarios de un gran acuerdo nacional.Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. De las ‘declaraciones grandilocuentes’ a los intereses reales hay una distancia enorme que el vulgo no siempre logra captar. Sus inamovibles hacían imposible cualquier tipo de negociación: la limitación a las Farc de la justicia transicional como únicos responsables y la defensa de los ‘logros’ de la ‘contrarreforma agraria mafiosa’ de las últimas décadas. Lo demás les importa un bledo. Su verdadero interés siempre ha sido hacer fracasar el proceso de paz, para crear un ambiente de incertidumbre y de zozobra, que haga posible un regreso al poder en 2018 con las mismas banderas del 2002, cuando Uribe sacó partido del fracaso de las negociaciones del Caguán. Y llegado el momento imponer una rendición.La posibilidad de que los nuevos acuerdos de paz tengan éxito depende del cumplimiento de los pactos. Las Farc tienen que hacer la entrega de armas y de bienes, resarcir y pedir perdón a las víctimas, contribuir al desminado, colaborar en la lucha contra el narcotráfico pero, sobre todo, deben cambiar su mentalidad autoritaria y estalinista para acomodarse a las condiciones de una sociedad democrática moderna. El Gobierno, por su lado, debe asumir sus responsabilidades (hay algunas alarmas de que no lo está haciendo). Si al cabo de seis meses el proceso tiene éxito, difícilmente las propuestas guerreristas vuelven a tener eco entre el electorado.La gran amenaza del momento es que detrás de los enemigos del proceso aparezcan las ya conocidas ‘fuerzas oscuras’ y nos encontremos ante un nuevo genocidio similar al que ocurrió con la Unión Patriótica en los ochenta. Las propuestas de paz, como ocurrió en la época de Belisario o como se repitió en el plebiscito, siempre han significado un realineamiento muy activo de los sectores más retrógrados, cerrados, violentos y conservadores de este país. La muerte de 70 defensores de derechos humanos durante este año es una señal bastante preocupante.Con la firma de los acuerdos no hemos alcanzado la paz así hayamos dado un paso adelante con el desmonte de las Farc, uno de los principales componentes de la violencia contemporánea. Lo más importante de la nueva situación es que nos vamos a encontrar ante un conflicto violento con nuevas características en el cual las banderas políticas no van a servir para encubrir y justificar las prácticas delincuenciales. Y esto va a hacer posible una mejor acción del Estado.Alea jacta est, dijo Julio César al atravesar el Rubicón y enfrentarse a la posibilidad de la guerra civil. Hernán Cortés ‘quemó las naves’ al desembarcar en México para que sus soldados, si se acobardaban, no tuvieran la alternativa de regresar. Eso hizo Santos. En esas estamos y la única alternativa es seguir defendiendo la paz, contra las voces chillonas de la guerra.

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