La resistencia civil

Mayo 18, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

¿Qué hace posible que los hombres sean malvados, capaces de realizar en el prójimo los actos más bárbaros, desde la tortura y el suplicio hasta el homicidio atroz? La idea que por lo general se hace cualquier persona es que los asesinos y torturadores son individuos afectados por algún tipo de trastorno mental. Sin embargo las evidencias recogidas en diversos ámbitos, las atrocidades del nazismo o de las dictaduras militares, muestran que los autores de esta clase de fechorías son muchas veces ‘hombres ordinarios’: buenos padres de familia, esposos ejemplares, filántropos, tolerantes en materia religiosa, ciudadanos sin tacha o miembros de asociaciones contra el maltrato animal. La filósofa Hannah Arendt llama a este fenómeno la ‘banalidad del mal’.En la inmensa mayoría de los seres humanos existen factores inhibidores, muy difíciles de romper, que impiden la realización de actos criminales. Sin embargo en ‘circunstancias especiales’ esto es posible, sobre todo en el marco de regímenes de autoridad poderosos o cuando las características de la pertenencia a un grupo lo facilitan. Ilustraciones de esta situación encontramos por doquier. El historiador norteamericano Christopher Browning, en un libro denominado Ordinary men, nos narra el caso del batallón 101 de la Policía alemana, compuesto por viejos y honorables padres de familia, empleados comunes y corrientes, sin nexos ideológicos con el nazismo, que llevaron a cabo una terrible masacre el 13 julio de 1942 en la población polaca de Josefow y en 16 meses asesinaron a más de 38.000 judíos y deportaron a 45.000 a los campos de concentración de Treblinka.En 1971 se puso en marcha en la Universidad de Stanford un singular experimento, orientado a mostrar cómo los actos malvados van más allá de las características psíquicas individuales de las personas, consistente en crear artificialmente una cárcel, con guardianes y prisioneros, voluntarios pero remunerados, contactados a través de un aviso de periódico. Los candidatos fueron escogidos con base en pruebas rigurosas para que fueran los más sanos y normales. Sin embargo, al cabo de cinco días la prueba debió ser suspendida porque se salió de las manos de sus organizadores: los protagonistas pusieron en práctica las más extremas formas de sadismo y crueldad, a pesar del carácter artificial de la situación en que se encontraban inmersos.Estos ejemplos nos muestran que cualquiera de nosotros, frente a una situación propicia, es capaz de cualquier cosa. Las barreras entre el bien y el mal son permeables y porosas y podemos pasar, dado el caso, de ángeles a demonios. Nuestra capacidad de ‘conectar o desconectar selectivamente nuestros principios morales’ en determinadas circunstancias, o en el marco de una organización, es explicación suficiente de por qué ocurren grandes excesos.Por todo lo anterior considero de una extrema irresponsabilidad la propuesta del expresidente Álvaro Uribe de crear un movimiento de ‘resistencia civil’ contra el proceso de negociación con las Farc, que no sería otra cosa, más allá de sus intenciones, que la creación de un marco político general que facilitaría un nuevo despliegue de la violencia de proporciones inconmensurables. Podría ocurrir algo similar a lo que pasó con los ‘falsos positivos’, que tuvieron como marco justificatorio una resolución del Ministro de defensa de entonces. Al desmontar las Farc se está rompiendo una organización que sirve también de marco de justificación de la violencia; pero con la propuesta de ‘resistencia civil’ se está creando un nuevo incentivo, que garantiza su continuidad, con el beneplácito de muchas ‘gentes de bien’. La violencia no tiene que ver con que los colombianos seamos buenos o malos sino con circunstancias u organizaciones que la propician y que es necesario transformar.

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