La historia se repite

Marzo 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Hubo una vez un obispo que consagró su vida a combatir el liberalismo, al que acusaba de ser una gran amenaza para la fe y las buenas costumbres, por sus supuestos vínculos con el comunismo, y por su empeño en “eliminar la religión”. Pero su lucha no consistía simplemente en advertir a los crédulos de los peligros de éstas agrupaciones políticas, sino en azuzar desde el púlpito a los conservadores para que mataran liberales. Su padre, decía el obispo, le había enseñado en su infancia que para matar una culebra no había que darle en la cola sino en la cabeza, porque sólo así quedaba bien muerta. Y por ese motivo había que acabar con el liberalismo que era la “cabeza del comunismo en Colombia”.Hoy en día el nombre de monseñor Miguel Ángel Builes se asocia a las más oscuras prácticas de intolerancia y a una de las épocas en que las luchas religiosas se mezclaron con las luchas políticas, con el resultado que todos conocemos. Existe incluso la leyenda de que dos municipios de Antioquia se disputan su nacimiento: los de La Ceja dicen que nació en Rionegro, y los de Rionegro dicen que nació en La Ceja, porque ninguno de ellos quiere asumir la paternidad de este ‘monstruo sagrado’, que consideraba “deber de todo creyente”, “pelear las batallas de la fe”, sin importar los medios utilizados. Creía que la historia de este personaje siniestro pertenecía al pasado pero al leer el valeroso libro Los doce apóstoles de Olga Behar, descubro que aún sigue viva su presencia en algunos sectores intransigentes de este país. El cura Gonzalo Palacio, a cuyo alrededor se formó el “grupo de limpieza social” que lleva ese nombre y tiene en problemas en la fiscalía a Santiago Uribe, fue discípulo de monseñor Builes en el Seminario de Misiones de Yarumal, donde se ordenó sacerdote y se formó “bajo las insignias ultraconservadoras del prelado”. Y, al igual que su mentor, “convirtió el púlpito en una trinchera más de la guerra irregular que se libraba en esos momentos en que Yarumal era el escenario de una confrontación múltiple, que incluía a narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y autoridades armadas”.El cura fue acusado de tener vínculos directos con personas que luego fueron acusados de ser sicarios del grupo paramilitar, de recibir remuneración por su colaboración, de señalar los nombres de personas que luego aparecían asesinadas e, incluso, de participar directamente en las incursiones ilegales, armado y camuflado con ropas militares. La Fiscalía abrió proceso en su contra, fue detenido y allanada su casa donde encontraron un revólver escondido en una Biblia. Sin embargo, rápidamente fue exonerado de toda responsabilidad. Hoy en día es un anciano que vive en “olor de santidad” en una parroquia de Medellín esperando el juicio final. Pero, como comenta la periodista, “la sombra de Los Doce Apóstoles” siempre lo perseguirá.Podemos ver entonces que convertir la lucha contra los opositores en una cruzada religiosa a la manera de las guerras de religión, no es cosa del pasado y aún sigue vigente en la mentalidad de muchos ciudadanos que consideran como la única alternativa la eliminación física de quien no está de su lado. Y no es mala cosa recordar la triste historia de este tipo de personajes en un momento en que se impone la necesidad de construir un país más incluyente, en el que no sea delito disentir, en el que las minorías sean respetadas y no se recurra a la justicia privada para resolver problemas de delincuencia. La mezcla de religión y violencia es un coctel explosivo en un país con los antecedentes que tiene el nuestro en esta materia.

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