Íngrid

Íngrid

Octubre 06, 2010 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

El pasado viernes 1 de octubre se llevó a cabo en la Casa de la América Latina de París el lanzamiento del libro de Íngrid Betancourt Même le silence a une fine. A pesar de la lluvia que caía y del desprestigio indudable de su autora en la opinión francesa en este momento, hubo una asistencia de cerca de 300 personas expectantes de lo que podía ocurrir. Los ejemplares ofrecidos a la venta en la entrada permanecieron en sus estantes antes de comenzar el acto, pero una vez terminado se agotaron rápidamente y se formó una inmensa cola para demandar el autógrafo y la dedicatoria del caso. Algo ocurrió, pues, durante esa hora y media para que se produjera esa avalancha y ese cambio de opinión.Íngrid Betancourt perdió después de su liberación el inmenso reconocimiento que la sociedad francesa le había otorgado durante los años de su secuestro. Tal vez la caída sea proporcional al pináculo al que había sido elevada y al carácter de santa que se le había otorgado, una especie de Juana de Arco. Una persona que representa la suma del sufrimiento y del dolor (como en el caso de Frida Khalo, pero por otras razones) ejerce un inmenso atractivo. Y tal vez por esta razón fue elevada a esta dignidad. La revelación de los detalles de su cautiverio, sobre todo el comportamiento egoísta, orgulloso y soberbio con sus compañeros, revelado en las memorias que éstos han publicado, bien parece que afectó profundamente el aprecio que se había ganado y significó un estruendoso rompimiento de su imagen. Habría que agregar otros sucesos que también contribuyeron a su caída. Pero no somos jueces para juzgarlo. Sólo constatamos un hecho.El asunto es que el día del lanzamiento del libro vimos una mujer inteligente y aguda, sagaz incluso, que supo responder a las preguntas de sus interrogadores y que logró conmover con su narración al público que la escuchaba. Su narración pasó de los detalles íntimos y emotivos de su vivencia, a las observaciones generales de carácter, si se quiere, más sociológico acerca del tipo de relaciones que se dan entre los secuestrados, entre éstos y sus secuestradores, y dentro de la propia guerrilla. Nos contó, por ejemplo, que las guerrilleras jóvenes se encuentran ante la terrible alternativa de escoger entre la prostitución y la miseria, o la guerrilla, y ante esa situación no les queda otra opción. La alegría de la liberación fue inmensa, pero su magnitud, nos dijo, no es comparable a la magnitud del horror de lo vivido; escribir un libro de esta naturaleza no es difícil tanto por las dificultades del recuerdo y las lagunas de la memoria, sino precisamente por la dificultad de olvidar todo eso.Después de escucharla puedo considerar su drama con más distancia y respeto que antes. Lo importante es que entendamos que sus memorias de cautiverio no son sólo un testimonio personal y emotivo sino un documento de primera importancia, que se suma a los que ya conocemos de otros secuestrados, para la comprensión de un hecho de suma gravedad como es el secuestro y el comportamiento atroz e infame de un grupo que alguna vez quiso ser el portador de una esperanza. Ojalá que la propia Íngrid reaccione frente a lo desmedido de algunas de sus actuaciones y que no sea demasiado tarde para que el éxito de su libro pueda compensar su caída. Cuando hizo su entrada a la sala del lanzamiento del libro sólo una pequeña parte del público la aplaudió. Al final el aplauso de solidaridad fue unánime en todo el auditorio.

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