Explicación no pedida...

Octubre 31, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Algunos amigos antiuribistas me han comentado que se niegan rotundamente a leer y, menos aún, a comprar el libro de Álvaro Uribe, No hay causa perdida. Inicialmente participé en ese tipo de rechazo, pero rápidamente me sobrepuse a esas influencias y decidí leerlo. Y para mi sorpresa me he encontrado con un documento de primer nivel para entender las características del conflicto colombiano, en la versión de uno de sus principales protagonistas durante los últimos años. Y lo que más me ha impresionado es el hecho de que el autor encabece la historia de su vida con la rememoración de la muerte de su padre, como lo hacen otros relatos del mismo género, hasta el punto de que la sensación es estar leyendo una historia conocida. Este suceso bien hubiera podido ser dejado de lado por su autor por razones de conveniencia personal y política o por pertenecer a un ámbito estrictamente privado. Pero no ocurre así. Y como dice el dicho “explicación no pedida, justificación manifiesta”…El autor reconoce que esa tragedia marcó en su vida personal y profesional “un punto de quiebre cuya influencia tal vez sea inconmensurable”. Pero rechaza que lo consideren el Bruno Díaz (Bruce Wayne) criollo de la historieta de Batman, un niño multimillonario que consagra su vida a vengar la muerte de su padre asesinado, combatiendo todo tipo de delincuentes. No acepta que lo consideren el hombre “dispuesto a hacer pactos con el diablo y a tolerar todo tipo de abusos con el fin de llevar a cabo [su] ‘misión’ sin importar el precio”. O que se crea que entró a la política y llegó a la Presidencia para vengarse de “las Farc y de todos los grupos de izquierda” (p. 31). Sin embargo, la narración es presentada con una gran ambivalencia. La historia de Colombia, afirma, se ha escrito “con la sangre” de aquellos que en algún momento decidieron tomar las armas “para vengar a un padre asesinado”, o algún otro perjuicio. Y termina afirmando “que la mayoría de los colombianos optaron por tomar el mismo camino” que él siguió, dejando en la ambigüedad la explicación sobre de qué tipo de camino se trata y abriendo la posibilidad de que el lector piense cualquier cosa. El asunto es que, a pesar de los esfuerzos del autor para demostrar que la etapa final de su dolor “no fue el odio sino el amor”, el lector termina convencido de lo que el autor quiere explícitamente negar, es decir, que este acontecimiento se convirtió en el punto de partida de una retaliación.Nos encontramos aquí con un tema recurrente en la literatura testimonial que se ha producido con respecto a la violencia en Colombia durante los últimos 60 años. Muchos son los actores del conflicto colombiano que consideran la venganza como una salida legítima a un perjuicio sufrido, y que han consagrado su vida a repararlo, independientemente de cuáles sean las vías escogidas. Muchos de los dirigentes de las principales organizaciones guerrilleras o de los grupos paramilitares se comprometieron en la lucha como una forma de vengar la muerte de sus seres queridos. Leyendo la primera parte del libro de Uribe no puede hacer otra cosa que evocar las lecturas de otros textos como Zarpazo, otra cara de la violencia, Memorias de un suboficial del Ejército colombiano de Evelio Buitrago o Mi confesión de Carlos Castaño que, guardadas las proporciones, parten también de la misma idea de venganza por la muerte del padre. La novedad del libro No hay causa perdida es que se cuenta por primera vez la misma historia pero desde la orilla de la institucionalidad. Y habría que preguntar entonces, ¿cómo es posible romper con esta cadena de venganzas y traiciones? Hay que hacerlo si algún día queremos lograr la paz.

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