Escritores en París

Escritores en París

Diciembre 01, 2010 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La literatura colombiana contemporánea estuvo de visita durante el mes de noviembre en Francia, Bélgica y Luxemburgo. Un grupo de 11 escritores y un historiador (ninguna mujer infortunadamente) fueron invitados a recorrer 43 ciudades y a participar en mesas redondas o conferencias, en librerías, bibliotecas, universidades y centros culturales. La condición para ser incluidos en la selección era que estuvieran traducidos al francés y, entre todos, suman la no despreciable suma de 28 libros en esta lengua. El evento llamado Les belles étrangers 2010 se realiza cada año con un país distinto y en esta ocasión le correspondió el turno a Colombia. Los escritores son interrogados sobre temas diversos pero, en este caso, se dio una especial importancia a la situación de violencia que vive el país.Es absolutamente sorprendente constatar que en Francia se asocia el nombre de Colombia de manera prioritaria con el tema de la violencia, de los secuestros, de la guerrilla y del narcotráfico. Parecería como si este país no fuera otra cosa o no mereciera más. El punto fundamental de un video con entrevistas a los escritores que se presentó el día de la inauguración era precisamente la pregunta sobre la violencia. Siguiendo un viejo prejuicio romántico que considera que quien escribe literatura es una especie de iluminado que sabe de cualquier cosa aún sin haberla estudiado, se colocó contra la pared a los escritores para hacerles preguntas acerca del conflicto colombiano.Algunos de ellos, de manera en mi opinión un poco ingenua, cayeron en la trampa y reprodujeron punto por punto los lugares comunes que sobre este tema se repiten habitualmente en el país. Colombia es el país de Sísifo, decía uno de ellos, donde todo se lleva hasta la cima y se vuelve a dejar caer, de manera recurrente y permanente; o un país de ciclos de violencia, decía otro, donde las cosas se repiten idénticas de un momento a otro, como si siempre estuviéramos atrapados en la misma historia. Otros se empeñaron en ratificar la impresión corriente del vulgo: un país que vive en una masacre permanente en todos los sentidos de la palabra. Refiriéndose a Medellín, Fernando Vallejo decía que se trata de una “ciudad violenta, envenenada de rencores, de frustraciones y de fracasos y cualquier libro que la refleje tiene que decir eso en palabras”, como si la literatura fuera el simple reflejo de una situación y no una manera de transformarla o de reinterpretarla, incluyéndola en un mundo posible. Héctor Abad Faciolince, de manera muy notable, sacando argumentos de donde podía se empeñó en oponerse a la imagen de una Colombia que sólo es violencia o a la idea de que ésta última es atributo exclusivo de este país. Muy importante fue la presencia en el grupo del historiador Gonzalo Sánchez quien, con cifras en la mano y un gran conocimiento del conflicto, trató de poner el asunto en su debido lugar. El problema central giraba alrededor de saber si los colombianos somos violentos por naturaleza o si estamos condenados a la eterna repetición de la misma situación, como en el mito de ‘Cien años de soledad’. Ninguna de estas dos ideas se sostiene cuando se estudia seriamente nuestra situación. Creo que ya es hora de que aprendamos a pensarnos de otra manera. Y a algunos de nuestros escritores, con el respeto debido, habría que sugerirles que, antes de opinar, se preocupen primero por estudiar el tema. Colombia también es un país habitable, poblado de gentes con inmensas riquezas y grandes posibilidades.

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