Elecciones y opinión

Junio 15, 2010 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Los votos que se depositan en las urnas en unas elecciones presidenciales, a pesar de que muchos de ellos son resultado de la compra, del pago de favores o simplemente de la coacción, constituyen sin lugar a dudas un plebiscito espontáneo que permite detectar ciertos ‘estados de opinión’ existentes en determinado momento. Casi podría decirse que el candidato elegido es aquel que mejor logre captar e interpretar la opinión dominante y montarse en la ‘cresta de la ola’. Eso ocurrió con Pastrana en 1998: la gente estaba cansada de la corrupción que había revelado el Proceso 8.000 y temerosa de una guerrilla que había alcanzado grandes éxitos militares en los años anteriores y votó por el candidato que logró la foto con Tirofijo. Eso ocurrió en 2002: el agotamiento con el proceso de paz del Caguán llevó a que la inmensa mayoría reclamara mano dura, y un candidato que venía de estar en el nivel del margen de error de las encuestas, logró una abrumadora mayoría por haber sabido interpretar adecuadamente la coyuntura. Si los triunfadores fueran los que presentan los programas más elaborados, o mejor se han preparado para el cargo, hoy seguramente tendríamos en la recta final a Vargas Lleras y a Gustavo Petro y no a Santos y a Mockus, como es el caso.Los previsibles resultados del domingo ya nos indican dónde está en este momento la opinión dominante. Así a los que hemos querido una transformación nos duela reconocerlo, el país sigue siendo uribista y prefiere la continuidad que garantice la seguridad inmediata a la aventura de un cambio, así esta última prometa la lucha contra la corrupción y la politiquería. A una inmensa mayoría no le importan los abusos del poder, los atentados contra las cortes, el enriquecimiento de los hijos del Presidente, los escándalos del DAS o la parapolítica, siempre y cuando sientan que en el solio presidencial hay una figura fuerte. La seguridad, como criterio de la vida ciudadana se ha impuesto como valor supremo, y la gente está dispuesta a no cobrarle los errores al Gobierno que termina, con tal de que se mantenga esa promesa, aún contra las evidencias que muestran que los éxitos en este campo no son tan contundentes como parecen, sobre todo en las ciudades. La población no entiende muy bien eso de la “lucha contra la ilegalidad”; sólo le importan los resultados y no la manera como se logren. Hasta un importante dirigente empresarial decía hace poco que había que soportar por “un tiempito más” las arremetidas del Gobierno contra los valores democráticos fundamentales, con tal de que se derrote a las Farc, ya que más adelante habría ocasión para proceder como es debido.La ilusión que creó la llamada “ola verde”, a pesar de haberse desinflado, en parte por culpa del propio candidato que no supo estar a la altura de la misión que le fue encomendada, debe quedar allí de todas formas como una manera de prefigurar un futuro posible. Tarde que temprano el país tendrá que entender que, en el mediano y en el largo plazo, sólo una educación que promueva el derecho a la vida como un valor sagrado, podrá sacarnos de la difícil situación en que vivimos desde hace varias décadas. Y para lograrlo los dirigentes y los sectores ilustrados tenemos desde ya una tarea por delante. Cambiar la orientación de las “corrientes de opinión” no es cosa fácil. Bajo su dictadura seguiremos viviendo, mientras la educación no haga su trabajo y las gentes aprendan a pensar por sí mismas.

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