El posacuerdo

Diciembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

2016 puede representar un viraje completo a la situación que ha vivido Colombia desde hace más de sesenta años porque la pieza tal vez más importante de todo el engranaje brutal de violencia, las Farc, puede desmontarse, con todo lo que ello significa como paso adelante en la búsqueda de un nuevo país. Los plazos se van cumpliendo para todos, incluso para el propio grupo guerrillero, que hasta hace poco sólo conocía la ‘larga duración’ propia del mundo rural. Esta oportunidad única que se nos presenta debe aprovecharse, so pena de regresar a un pasado que queremos superar. Y todos debemos aportar algo para que el “derecho a la paz”, consagrado por la Constitución, algún día sea una realidad.Hay muchas cosas por hacer pero tal vez la primera y más importante es propiciar un cambio de mentalidad en los colombianos, de enormes proporciones. Para comenzar debemos quitarnos de la cabeza la idea de que nos encontramos ad portas de un posconflicto. Todo lo contrario. La existencia de grupos armados ha bloqueado la posibilidad de que Colombia tenga realmente “verdaderos conflictos” y pueda resolverlos. La violencia ha sido uno de los ingredientes más reaccionarios en la vida de este país y uno de los factores que más ha impedido el cambio social. La presencia permanente de grupos armados en las múltiples formas de protesta popular, o en los movimientos sociales, ha sido la garantía certera de su fracaso. Desmontados estos grupos, se abre la posibilidad de que las gentes puedan efectivamente expresar sus desacuerdos sin ser manipulados con el chantaje de la violencia y sin temor a ser asesinados. Hablemos entonces mejor de un posacuerdo, que va a abrir las puertas a una serie de conflictos desconocidos, y quizá más agudos, que hasta el momento la violencia ha sofocado. Una sociedad mejor no es la que ha superado los conflictos sino la que sabe reconocerlos y manejarlos en unos espacios democráticos, que excluyan la aniquilación violenta del adversario.Y para tratar esos conflictos se requiere entonces que nuestros sectores dirigentes abandonen el clásico recurso a la ‘criminalización’ de la protesta popular y desarrollen una ‘imaginación creativa’: para encontrar una solución a los conflictos que no pase por el simple uso de la fuerza bruta; para crear espacios institucionales donde los contendientes puedan encontrar legitimidad para la expresión de los desacuerdos; para tener el suficiente valor de asumir la decisión de “anticiparse a los problemas” y resolverlos antes de que se presenten. Y, sobre todo, para preocuparse por el mundo rural, matriz fundamental del enfrentamiento desde los años 1930.El cambio de mentalidad tiene que pasar también por los sectores más recalcitrantes de izquierda y derecha. No más ideas como aquella de que “el que no está conmigo esta contra mí”. Todos tenemos derecho a habitar bajo el mismo cielo y la afirmación de lo que somos no puede tener como condición la desaparición del otro que no piensa igual, o tiene otros intereses, en una lógica perversa de exclusión y de violencia. Luchemos por nuevas reglas de juego que nos permitan transar las diferencias. El cambio social en nuestra época pasa por la afirmación de la democracia.Los acuerdos hasta ahora conocidos de las negociaciones de La Habana dejan muchas cosas que desear, sin lugar a dudas, tal como lo han señalado con razón sus detractores. Muchos desearían mayor castigo o un destierro de por vida de la actividad política para los responsables, entre otros aspectos. Sin embargo, seamos realistas, instalemos un polo a tierra: el verdadero dilema no está entre unos acuerdos de paz con mayor o menor impunidad, sino entre un acuerdo de paz como el que en este momento se está negociando, con todas sus imperfecciones; o continuar la guerra.

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