El odio ancestral

Septiembre 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Los sociólogos, economistas o historiadores que estudian la sociedad colombiana ponen de presente por lo general que los grandes conflictos que nos afligen tienen que ver con factores tangibles como es el caso de los llamados intereses económicos, las contradicciones sociales o las luchas políticas. Pero dejan por fuera con mucha frecuencia otros aspectos más intangibles, pero igualmente presentes y eficaces, como es el caso del odio, que hoy en día es uno de los componentes más importantes de la política en nuestro país.Y esta presencia no es sólo de ahora. Los partidos tradicionales (Liberal y Conservador), bajo cuyas banderas se llevaron a cabo siete guerras civiles y se desencadenó la Violencia de los años 1950, han sido considerados “sistemas de odios heredados”, por la dificultad de precisar las razones que justificaban sus enfrentamientos sangrientos. Nadie entendía el origen de la motivación que llevaba a un campesino de una vereda a matar y destrozar al campesino de la vereda del frente, que era prácticamente su hermano, y con el cual compartía las mismas condiciones de marginalidad, miseria y analfabetismo. Desde los años 1946-1949, momento en que se inicia el conflicto en el que aún estamos, el odio se convirtió en el criterio fundamental de la actividad política. Carlos Lleras Restrepo, el expresidente liberal, lo constata en célebre conferencia pronunciada el 28 de octubre de 1949 en el Senado de la República, al referirse a Laureano Gómez como el hombre que”había hecho invivible la República” y había contribuido a formar “en una campaña de muchos lustros el espíritu de odio que está saliendo a la superficie”. Y detrás de él vinieron muchos otros a emularlo, hasta conformar el complejo entramado de pasiones y de odios que hoy tenemos.El conflicto colombiano no sólo tiene que ver con la lucha por la tierra, la pobreza, la riqueza o la marginalidad; también está hecho de resentimientos, venganzas y odios ancestrales que nunca han logrado encontrar redención. Hasta los mismos grandes jerarcas de la política, como son los expresidentes de la República, los vemos hoy en día enfrentados en querellas que no están justificadas por un interés nacional sino por la satisfacción de los odios inveterados que entre ellos existen. La futura campaña presidencial ya se vislumbra como un enfrentamiento entre partidarios de la paz y promotores de la guerra. Y si eso ocurre en las grandes ligas, ¿que puede pasar entre las gentes del común? El paro agrario ha sido la ocasión para que afloren intensos sentimientos de rabia popular, hasta ahora contenidos, como hemos visto en la TV. Detrás de los excesos y atrocidades de los grupos armados existe un trasfondo profundo de amargura y resentimiento frente a las élites políticas que han manejado este país. Y a este hecho pocos analistas lo han llamado con su nombre propio.Odiamos a todo aquel que consideramos una amenaza a la integridad de una parte decisiva de nuestra identidad y lo que buscamos con su destrucción es ponernos a salvo de esa pretendida amenaza. Pero lo que es más grave aún, como nos enseña el psicoanálisis, es que el odio crea un vínculo más fuerte, más sólido y duradero que el amor y por ese motivo es tan difícil de erradicar. “Realizar el odio”, hacerlo efectivo, destruir de antemano al que real o supuestamente nos amenaza, es una de las peores tragedias que puede vivir un individuo o una sociedad, como ocurre con la nuestra. Las nuevas generaciones tienen derecho a no recibir como herencia de sus padres y abuelos el ‘sistema de odios’ en el que nos ha tocado crecer y sobrevivir, desde hace más de 60 años. La superación del odio ancestral es uno de los principales retos que esta en juego hoy en día, tanto en las negociaciones de La Habana, como en todos los escenarios de la vida política nacional.

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