El conflicto

El conflicto

Mayo 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Bien parece que ya tenemos suficiente ilustración con respecto a la polémica que se ha desatado durante los últimos quince días alrededor de si existe conflicto interno en Colombia. Si pensamos en los aspectos puramente jurídicos y prácticos, el reconocimiento del conflicto facilita muchas cosas: la aplicación del Derecho Internacional Humanitario; la diferenciación entre las acciones armadas contra el Estado y la sociedad y la delincuencia pura y simple; la aplicación de la Ley de Víctimas; la puesta en práctica de la llamada justicia transicional, que permite desmontar los grupos armados y abre la puerta a un acuerdo de paz; una mayor eficacia de la acción de las Fuerza Armadas. Ninguno de los temores que expresan el ex presidente Uribe y algunos de sus seguidores tiene fundamento real. No es cierto que este reconocimiento sea un paso para que otros países otorguen el estatuto de beligerancia a los grupos armados, ni para justificar las atrocidades de guerrillas y paramilitares. ¿Por qué insistir entonces en la idea de que no existe un conflicto interno en Colombia? En mi opinión la razón se encuentra en que el problema no es sólo jurídico o práctico. La negación a ultranza de la existencia de un conflicto expresa una mentalidad, una concepción con respecto a la sociedad y al papel del Estado, un estilo de gobierno, un mensaje político. Digámoslo claramente y sin rodeos. La idea está claramente emparentada con lo que fueron los peores regímenes totalitarios que conocimos en el Siglo XX o con las dictaduras de nuestro continente, que impulsaron la llamada “política de seguridad nacional”. Todos ellos, sin excepción, a la derecha o la izquierda, trataron de imponer el criterio de que el conflicto no hace parte de la sociedad como tal, sino que proviene, o bien de la antigua sociedad que se pretendía reemplazar con estos movimientos, o de la influencia de factores externos. No en vano todos estos regímenes se dedicaron de manera permanente a convertir en enemigos de la sociedad a sus opositores políticos o a inventárselos, cuando no disponían de ellos, en nombre de un ideal de profilaxis social, es decir, de la limpieza de un cuerpo enfermo. Tal es el caso de los judíos para el nazismo y, de manera más cercana a nosotros, de los llamados “gusanos” en la revolución cubana o de los “apátridas” en el Cono Sur, entre muchos otros ejemplos.Uno de los aspectos que mejor define lo que representa una democracia es el reconocimiento de que la división y el conflicto son parte constitutiva de la sociedad. El reconocimiento del conflicto no es, pues, un simple ‘problema semántico’, sino un asunto que tiene una enorme importancia en la transformación de la mentalidad política, totalitaria y dictatorial, que se nos quiso imponer durante los ocho años del gobierno de Uribe. El país merece respeto, decía en la radio la semana pasada un ex presidente de la República. Colombia no se puede dividir de manera simplista entre terroristas y no terroristas y, en nombre de la seguridad del Estado y de los ciudadanos, no se puede instaurar la lógica macabra de que “el que no está conmigo está contra mí”, ni convertir a los que no participamos del unanimismo en torno a un caudillo en enemigos de la “buena sociedad”. En buena hora el presidente Santos ha sabido cambiar el rumbo de la concepción de la política que venía imperando y esperamos que así lo entienda el Congreso, que debe aprobar la nueva Ley de Víctimas. Pero, sobre todo, que así lo entiendan los ciudadanos.

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