Débora y Virginia

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Las autoridades del Banco de la República han decidido incluir el próximo...

Débora y Virginia

Octubre 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Las autoridades del Banco de la República han decidido incluir el próximo año en los nuevos billetes de diez mil y dos mil pesos la figura de dos mujeres emblemáticas de la cultura nacional, aún bastante desconocidas por el gran público: Débora Arango, cuya pintura fue supremamente rechazada en la época de su mayor producción; y Virginia Gutiérrez, autora del libro Familia y cultura en Colombia, el mejor trabajo sociológico que se ha escrito en los 70 años de historia de esta disciplina en nuestro país. Algunos periódicos las han mencionado, pero no han mostrado claramente lo que tienen en común. Aprovechando que acabo de dirigir en la Universidad la tesis de la estudiante Eugenia Mora Olarte sobre estos temas, quiero hacer algunas observaciones, inspirado en este trabajo.Virginia, en el libro publicado en 1968, nos pinta con gran detalle cuatro culturas familiares colombianas de los años 50, supremamente diferenciadas, entre ellas la cultura antioqueña, el entorno donde creció Débora. Las descripciones son extraordinarias por la inmensa cantidad de aspectos que tiene en cuenta la autora, pero entre todos ellos cabe resaltar la manera como presenta la posición de la mujer en este marco regional, de acuerdo con el tipo de relación que establece con la sexualidad: la esposa y la prostituta por un lado (la procreación vs. el placer), y la solterona y la religiosa por el otro (dos formas de abstención sexual). La prostitución en este marco regional tiene una enorme funcionalidad en ese momento como contrapartida del matrimonio, como espacio que permite el “remedio de la concupiscencia” del hombre, ya que este debe buscar en la prostituta la satisfacción que su esposa no le proporciona, como consecuencia de unas rígidas convenciones culturales.Lo interesante es que lo que describe Virginia en términos sociológicos sobre la mujer y la prostitución lo anticipa Débora 20 años atrás en sus cuadros, convirtiéndose así en una dura crítica de la doble moral sexual de ese universo cultural. Sus desnudos, que tanto escozor causaron en los cenáculos artísticos, pacatos y tradicionales de la Medellín de los años 40, son una expresión de lo que significa reivindicar para la mujer el derecho de poseer un cuerpo y ser un sujeto sexual activo, y no simplemente un objeto pasivo y degradado, como ocurre en la prostitución. En un cuadro de Débora aparece una mujer desnuda y en el trasfondo el hábito de monja del que se acaba de despojar, como queriendo decir que “las monjas también tienen un cuerpo”. Las mujeres pintadas por la artista no son propiamente vírgenes ideales; por el contrario, en una especie de ‘realismo grotesco’, que subraya su existencia efectiva, están dotadas de denso vello púbico, senos prominentes y caderas voluptuosas.Débora -como Virgina en otro ámbito- pinta el reverso de una cultura, la radiografía de la cruda realidad que se esconde detrás de los bellos ideales. La política, por ejemplo, que aparece como el espacio por excelencia de la realización del bien común, es caricaturizada en términos zoomórficos, que dejan entrever la idea de que detrás de las más nobles intenciones se encuentran los más oscuros intereses, representados por feos animales. Y críticas similares formula a la religión y al altruismo, a los que denuncia en sus pinturas mostrando cómo encubren la cara oculta de la hipocresía, la pobreza, la miseria y la violencia. Enhorabuena, pues, que el Banco de la República consagre el legado de la crítica cultural que representan estas dos mujeres y de paso exalte el aporte del arte y la sociología, y no solo de la política, a la vida del país.

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