Barbarie o civilización

Barbarie o civilización

Abril 18, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La revista Semana en su edición No.1554 publicó el patético testimonio de un exparamilitar de bajo rango sobre las prácticas bárbaras que realizaban en el grupo de uno de los más conocidos líderes de estas agrupaciones, en uno de los departamentos del Oriente. La narración es simplemente atroz: describe la manera como picaban con machete a las víctimas pieza por pieza (un brazo, una pierna) y finalmente los botaban al río por pedazos. Pero no sólo eso: comían carne humana frita como si fuera lo más normal del mundo y por pura “recocha”, dice la narración, bebían en la cuenca de la mano los chorros de sangre que salían de los cuerpos. A algunos de los victimarios “se les metían por dentro los espíritus de los muertos” y comenzaban a hacer locuras y a azotarse contra los árboles. Para otros, sobre todo para los más jóvenes, el suceso era una fiesta que se disfrutaba como cualquier jolgorio. Y todo eso por el control de la droga, que es “de dónde sale la plata”.El relato es lo suficientemente atroz, pero parece que ya no hace mella en nuestra sensibilidad adormecida porque historias similares encontramos a granel en el conflicto colombiano. De hecho, una narración tan cruda y descarnada no ha suscitado durante los dos meses posteriores a su aparición, ningún tipo de comentario en la prensa. La publicación misma apareció en la revista como una especie de apéndice a la noticia de que ‘Martín Llanos’ y su hermano ‘Caballo’, los líderes del grupo paramilitar, habían sido hechos prisioneros.Una situación de esta naturaleza debería hacernos reflexionar sobre la manera como nuestras poblaciones campesinas han asimilado aquello que los antropólogos llaman la civilización. Cuando recorremos la historia encontramos que este tipo de actos son comunes en ciertos momentos. El sociólogo Norbert Elías, por ejemplo, nos describe, en un libro ya clásico llamado El proceso de la civilización, todo el recorrido que la humanidad ha hecho desde una época en la que se disfrutaba del despedazamiento, del sufrimiento y de los gritos de los enemigos ejecutados en la plaza pública, hasta el momento en que este tipo de satisfacciones se inhiben y se reprimen, para hacer posible la convivencia. La aparición de los Estados modernos, como agentes monopolizadores del uso de la fuerza, ha jugado un papel fundamental en la represión de estas tendencias. Pero el asunto es que el proceso no es irreversible, y cuando se presentan ciertas condiciones favorables todo ese sustrato ‘bárbaro’ puede surgir de nuevo y expresarse sin trabas. Esto fue lo que conocimos en Colombia en la Guerra de los Mil Días, lo que apareció de nuevo en la Violencia (con mayúscula) de los años 50, y lo que vemos hoy en día en el conflicto contemporáneo.¿Cómo es posible que un jefe paramilitar encuentre en unos muchachos jóvenes, vendedores de dulce en una calle de Bogotá, reclutados a la fuerza, la disponibilidad para realizar este tipo de atrocidades? La narración transcrita por Semana nos da una respuesta. El mecanismo es macabro pero eficaz. El grupo no admite escapatoria. Una vez que se está dentro de él, la realización de estos hechos se convierte para estos jóvenes en una alternativa de vida o muerte: “El problema no es si quieren o no hacerlo”; “a todos les toca o si no se mueren”; “lo único que uno piensa es que no lo maten a uno”, nos dice el narrador. No es una historia rosa lo que tenemos aquí, sino la dura realidad del conflicto colombiano. Y no ganamos nada con desconocerlo, en la comodidad de la poltrona donde leemos estas líneas.

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