Autoestima nacional

Julio 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Nuestros deportistas están cambiando de mentalidad y con sus gestas deportivas están produciendo, sin proponérselo, una revolución muy importante en nuestra idiosincrasia nacional porque están ayudando a toda Colombia a mejorar su autoestima. Mariana Pajón, la medallista olímpica en bicicros en Londres 2012, decía que en la mañana de su triunfo se había pintado las uñas de dorado, para que le salieran con el color de la medalla de oro que ese día estaba segura se iba a ganar. Otro día dijo que un deportista que no pensara en subir alguna vez al podio de una competencia debería retirarse del oficio. Katherine Ibargüen, la campeona de salto largo en los mismos juegos, preguntó por qué la gente sufría tanto cuando le tocaba el turno, si ella sabía que iba a ganar. Nairo, Rigo y los ciclistas de la nueva generación han demostrado que se puede competir de igual a igual con los grandes del mundo. Y ahora tenemos los éxitos del fútbol: cuatro partidos ganados en serie con marcadores altos, el máximo goleador del mundial, y una derrota con Brasil, el grande de los grandes, con un arbitraje dudoso. Eso nunca lo habíamos visto. Ahora sabemos que sí podemos ganar, incluso a los consagrados.Esta nueva generación de deportistas contrasta con las antiguas generaciones que “fracasaban al triunfar”. La célebre frase de Maturana expresaba muy bien ese tono de resignación frente a la derrota: “perder es una forma de ganar”. Cuánta fuerza nos tocó hacerle a los automovilistas, como Roberto José Guerrero o Juan Pablo Montoya, para que ganaran una carrera y no se les reventara el motor en el último instante. A veces teníamos triunfos, pero parecía como si un signo trágico, una culpa asociada al éxito, acompañara a esos mismos deportistas en las competencias posteriores, o incluso en su propia vida. Alfonso Flórez ganó en 1980 el Tour del Avenir y abrió para el ciclismo colombiano las puertas del triunfo en los años posteriores, pero nunca pudo volver a ganar y pocos años después terminó asesinado en una calle de Medellín envuelto en problemas de narcotráfico. Antonio Cervantes, Kid Pambelé, pasó de la gloria al infierno de la droga. Tino Asprilla perdió con sus desafueros la posibilidad de ser considerado un orgullo nacional. Creo que todo esto ha cambiado.La emoción de la gente con los nuevos triunfos no es una expresión casual o banal de sentimientos sino la percatación del júbilo que produce la sensación de que sí podemos. Y lo más interesante es que los que están levantándole la moral al país son unos muchachos y unas muchachas jóvenes, provenientes de unos sectores populares que tienen a sus espaldas años de humillación, de marginalidad y de violencia, como se puede constatar al revisar la biografía de muchos ellos, como es el caso de Rigo, por ejemplo, cuyo padre fue asesinado por paramilitares cuando tenía doce años. Se trata, pues, de una revolución que no se hace desde las élites sino desde abajo, desde los excluidos y marginados. Y que nos arrastra a todos, hasta a las propias élites.“Nuestro pobre nacionalismo”, parafraseando a Borges, se alimenta con estos triunfos. Después de la polarización que produjeron las elecciones vino esta apoteosis de lo colectivo, que nos hizo olvidar los sentimientos de odio y de resentimiento que en ellas predominaron. El deporte nos une, nos da confianza en lo que somos pero, sobre todo, permite a los sectores populares asumir un papel protagónico en la transformación del país y en la construcción de la paz.

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