20 años después

20 años después

Julio 13, 2011 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La celebración de los primeros 20 años de la Constitución de 1991 coincide con un momento en el que sus grandes detractores se encuentran en posición de repliegue, gracias al oportuno giro que le ha dado al país el nuevo Gobierno. Después de un período en el que se estaba imponiendo una concepción autoritaria y totalitaria del manejo del poder, bien parece que ahora estamos de regreso a la vigencia de la democracia y de los principios liberales. Mucho se ha escrito sobre este aniversario, pero quisiera aportar aquí un elemento adicional.El proceso de reforma constitucional tuvo como objetivo privilegiado poner fin a la situación de violencia que en ese momento imperaba en Colombia, a la manera de un ‘nuevo pacto’ de paz. Y una porción muy amplia de las nuevas instituciones estuvieron orientadas a crear condiciones para el ejercicio de la democracia, bajo la idea de que la raíz del conflicto colombiano se encontraba en el cerramiento del régimen político. A este respecto podemos citar la nueva carta de derechos y los procedimientos para hacerlos efectivos, los mecanismos de participación ciudadana, el nuevo equilibrio entre las ramas del poder público, la transformación de la rama judicial y la creación de nuevas condiciones de hacer política, para sólo hacer referencia a los aspectos más importantes. Veinte años después debemos hacer el balance con cabeza fría sin caer en falsos dilemas.La nueva Constitución transformó sin lugar a dudas la vida política en este país, pero el desarrollo de algunas de las nuevas instituciones ha ido en contravía de las intenciones iniciales. Tal es el caso de la participación ciudadana. Se podría decir que los mecanismos de participación se construyeron no sólo para ‘empoderar’ a los ciudadanos y hacerlos corresponsables de la gestión pública, sino también como una forma de control del ejercicio del poder, como una manera de evitar el abuso y la corrupción de los gobernantes y de garantizar el manejo de la inversión pública. No obstante, los resultados no han sido necesariamente los esperados. En muchos casos la participación, en lugar de contribuir al limpio ejercicio del poder, lo que ha logrado, por el contrario, es que los mecanismos clientelistas se apoderen de las instituciones y los recursos públicos se vuelvan una piñata. Un excelente ejemplo de esta situación lo encontramos en lo que ha ocurrido en las llamadas corporaciones autónomas regionales (caso CVC), para sólo citar un ejemplo.Y éste es el punto en el que hay que hilar muy delgadito. Resulta triste que un paso tan importante hacia la democracia, como es la participación ciudadana, termine convertido en un salto mortal al abismo de la corrupción y de la politiquería. La nueva Constitución creó mecanismos para controlar el ejercicio arbitrario del poder, pero no tuvo suficientemente en cuenta la necesidad de crear mecanismos de control de la participación ciudadana, bajo la idea un poco ingenua de que la participación como tal ya era una forma de control. Los abusos de la participación han dado pie para que los enemigos de la reforma denigren de todo el proceso y aboguen por la marcha atrás. Creo, por el contrario, que es posible criticar los excesos que se han presentado, pero defendiendo al mismo tiempo la importancia de los mecanismos de participación y los logros de la nueva Constitución. Y así podemos tener una idea un poco más compleja de lo que ha ocurrido y no caer en una apología simplista de la nueva Carta, como se lee a menudo en la prensa de las últimas semanas.

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