Volver a lo simple

Abril 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

La Semana Santa es uno de los momentos bienvenidos para descansar del trajín en lo corrido del año, para reflexionar sobre la situación en que nos encontramos y para dimensionar mejor aquello que podemos acometer en el próximo futuro. No necesariamente podemos cumplir con estos propósitos hoy en día. Las nuevas tecnologías de la comunicación han multiplicado las posibilidades de interacción de los individuos; la complejidad de los problemas que nos circundan se ha acrecentado de manera notable; las formas de vida particulares se han complicado; los consumos se sofistican y, en medio de todo esto, nos encontramos existencialmente exhaustos y la felicidad se nos hace esquiva. Ante esta situación, creo que es necesario nadar contra la corriente, volver al goce de las cosas más simples y sencillas que podemos hacer, encontrar allí una mayor felicidad.Cambiar de lugar en estos días de receso es una idea que atrae, por las posibilidades de reencuentro con allegados y de recreación personal y colectiva. Pero la forma, el tiempo del transporte y las consecuencias prácticas de los viajes se transforman a menudo en un drama más para la calidad de vida de las personas. Puede resultar más placentero un turismo de cercanías, e incluso buscar sosiego en volver a descubrir los lugares más acogedores de la ciudad dónde se reside, sencillamente caminando la urbe y sus lugares más representativos. La recreación se ha tornado en costos económicos exorbitantes, en modalidades en las cuales se consumen días de esfuerzo para disfrutar unas pocas horas de una tranquilidad prefabricada que finalmente no se logra. Creo, por otro lado, que este receso de Semana Santa es la gran oportunidad para volver a hacer algo que se ha transformado en una rutina despersonalizada por las nuevas formas de comunicación, especialmente por las modalidades electrónicas que tienen tanto furor y adhesión: conversar con las personas más próximas de viva voz, tertuliar como goce insustituible y terapia para poder conocer sus motivaciones profundas de vida. Hemos llegado al punto de defender ideas de manera prepotente e intolerante, sin haberlas compartido, sin haber escuchado a los demás, sin haber construido un argumento al calor de una conversación, la forma más simple y civilizada de comunicación política. Una de las cosas más agradables que hay es poder tertuliar alrededor de la comida. Y este es también uno de los buenos ejemplos que se puede poner sobre una actividad que ha asumido una sofisticación tal que nos hemos olvidado de los platos más sencillos, de la cocina básica del mejor gusto, para darle lugar a parafernalias complicadas que no tienen que ver con el paladar. Creo no exagerar si afirmo que los costos altísimos de lo que se considera la buena cocina no se compadecen con la calidad de lo que finalmente se consume. Ante esta situación, es mejor quedarse en casa y revivir las recetas de las abuelas.Recrearse sin traumatismos y conversar con los allegados alrededor de la mesa, así como aprovechar para leer con calma un buen libro son cosas que le dan un gran valor a este período del año. No se me escapa que es un momento de gran valor religioso para muchos ciudadanos. En un país con una secularización significativa como el nuestro, pero también de una religiosidad acentuada, es un buen momento para hacernos preguntas básicas sobre nuestra situación particular y el sentido de la vida. Es mejor hacerlo con calma y sencillez.

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