Tierra, trabajo y paz

Diciembre 12, 2012 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

Las conversaciones de Paz han comenzado con el tema del desarrollo rural. No se sabe mucho sobre las conversaciones, aunque se sabe que las partes decidieron abrir un portal para opiniones ciudadanas y que se realizará próximamente un foro en la Universidad Nacional. El tema tiene muchas y complejas aristas. Para que haya Paz, se requiere reflexionar sobre aspectos en los que pueda haber acuerdo entre actores sociales y políticos que tienen intereses tan diversos sobre este asunto. Si se revisa literatura sobre el problema agrario desde los años 60, aparece una tesis defendida por sectores de izquierda y de derecha democráticos, según la cual la tierra debe ser para el que la trabaja. Esta tesis sigue siendo válida hoy. El desarrollo agrario en Colombia ha combinado dos modalidades antagónicas. Por un lado, un desarrollo sostenido por grandes empresas agrícolas que producen ante todo bienes para la industria nacional o para la exportación, que son administradas técnicamente y trabajan con mano de obra asalariada. Muchas de ellas aplican y promueven en su campo el conocimiento científico. Este sector ‘técnico y moderno’, es muy importante, debería salir refrendado de las conversaciones de Paz, aunque, ciertamente, debe cambiar en algunos aspectos. Debe mejorar, por ejemplo, la remuneración y la calidad de vida de sus trabajadores: de aquellos que laboran en las factorías y ante todo de aquellos vinculados a partir de cooperativas de trabajadores que buscan eludir responsabilidades laborales del patrono. Por otro lado, las empresas de este sector deberían repensar su rol en el desarrollo de los territorios en los que tienen impacto, tanto desde el punto de vista económico y social como ambiental. Es cierto que la ganancia es el móvil de la inversión, pero esta debe tener impactos regionales sociales y ambientales demostrables, así se disminuyan las utilidades. Por otro lado, el desarrollo agrario se ha sostenido en Colombia, y en el mundo moderno, a través de la economía campesina, esencialmente productora de alimentos que trabaja fundamentalmente con mano de obra familiar o con la vinculación de unos pocos trabajadores. Esta forma de economía históricamente se ha asociado con las formas más avanzadas de democracia, por ejemplo en los países escandinavos o en Suiza y jugaron hasta hoy un papel fundamental en Francia y en los Estados Unidos (los granjeros del este). En Colombia han sostenido, en parte, la prosperidad de las regiones productoras de café y, por esta vía, la prosperidad nacional más evidente. El problema es que esta forma de economía es débil económica y políticamente y requiere del apoyo estatal. Es estratégico, para la producción de alimentos, que esta forma de economía subsista en el país. La economía campesina requiere acceso al mercado, crédito y apoyo técnico y formas cooperativas de asociación entre productores, con posibilidad de acceso a las industrias procesadoras de sus productos. La economía campesina ha sido la más afectada por el conflicto armado, con el desplazamiento y la pérdida de la propiedad. Es indispensable entonces que allí se centre la atención de las negociaciones, pero buscando complementariedad con la forma empresarial. Nada indica que esto no sea posible. Los que deben salir perdiendo en la negociaciones son los que tienen tierras ociosas y no las trabajan productivamente o quienes las han obtenido y las trabajan de manera mafiosa, muchas veces a través de la expulsión violenta de campesinos.

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