Terminal de computador

Marzo 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

La tecnología definitivamente es un detonante del cambio social. En la sociedad moderna, a raíz del motor a vapor y luego de combustión, con la introducción de la energía en sus diversos fuentes y usos, con las comunicaciones inalámbricas con el transporte, para sólo mencionar los casos más conocidos, hasta los años 70 del siglo pasado. Pero nada como la revolución en los sistemas de cómputo y en las comunicaciones digitales que lleva tan sólo unas décadas y que han transformado nuestras vidas. El interrogante de fondo es sobre el impacto de la tecnología en las relaciones sociales, en el bienestar colectivo, en el desarrollo de la personalidad y en los espacios de ocio y libertad, ahora y con mayor razón en el futuro.Es imposible negarse, de manera general, a los avances que significan las innovaciones tecnológicas recientes en la sociedad. Pero parece sabia la afirmación que se hizo, ya en el Siglo XIX, según la cual es necesario que dominemos la tecnología, antes que ésta nos domine. Hoy en día, con el computador, con el internet y con las distintas formas de telefonía celular, las relaciones en que entramos con el mundo exterior se han multiplicado enormemente. De manera especial, la manera como nos relacionamos con otras personas, ‘en tiempo real’, sin tener que conocerlas directamente, a través de la imagen o del mensaje, o bien la manera como nos enteramos de lo que sucede en el mundo, el real y en oportunidades el virtual. Aumentan entonces notablemente nuestras relaciones, nuestros directorios, pero cada vez hay menos tiempo para encontrarse, saludarse, conversar, comer con sobremesa incluida. Cada vez hay más mensajes y correos de voz por responder. La jornada laboral se ha extendido al tiempo del hogar y de la vida privada. Comemos frente al televisor y enseguida quedamos exhaustos, sin tiempo para los hijos y para el hogar. Por la mañana, mientras se desayuna, se consulta el correo electrónico para saber cómo toca acometer el día. Estamos ad portas de convertirnos en terminales de un gran sistema de cómputo, sin que sepamos bien cuáles son las consecuencias de bienestar, individuales y colectivas.Las nuevas tecnologías son muy promisorias en el campo de la educación. Pero precisamente allí pueden también hacer estragos. A través de la tecnología, se puede acceder a la mejor información en todo el mundo, a los cursos en las mejores universidades, a los resultados de la investigación de punta. Pero todo esto supone la formación de personas capaces de asimilar la información, de poder criticarla y producir ellas mismas su propio conocimiento. El esfuerzo básico de leer, escribir, entender y analizar debe garantizarse con las nuevas tecnologías, pero éstas por sí mismas no operan en este sentido. Es posible que fomenten un estudiante que reproduce conocimientos, que los copia y los asume como verdaderos, sin cuestionarlos y que responde de manera sistémica y regular a los mismos. Puede suceder que ante la dificultad o el aburrimiento que produce una clase cualquiera, los estudiantes que parecen muy atentos con sus portátiles en una conferencia, realmente se encuentren jugando con la máquina. Esto no necesariamente habla bien de la clase y del profesor, quien debe cautivar a sus estudiantes, pero sí puede indicar que el conocimiento ya no es un reto ni un objetivo de liberación intelectual para el estudiante. Es una rutina más, a la que se responde de manera sistémica, justo con lo necesario e indicado para pasar.

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