Redes sociales y política

Redes sociales y política

Noviembre 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

En el mundo de hoy, las razones que llevan al electorado a votar por una determinada opción están cambiando notablemente, aunque los analistas seguimos aferrados a explicaciones bastante tradicionales sobre las razones que subyacen al comportamiento electoral de los ciudadanos. Suponemos antes de las votaciones, por ejemplo, que si la opción favorece a los sectores populares, a las mujeres o a los grupos étnicos excluidos, entonces estos se movilizaran electoralmente en favor de sus intereses. Pero la realidad parece comportarse de otra manera y nos encontramos con que estos sectores sociales terminan apoyando a personas y opciones que son contrarias con sus intereses. Este problema no es nuevo, ya que es bien sabido que un grupo social no necesariamente es consciente de sus intereses. Lo que si es nuevo son los mecanismos que se ponen en práctica para que esto suceda. El conocido historiador de la clase obrera en Inglaterra, E.P. Thompson, introdujo el tema hace ya varios lustros, al argumentar que la clase obrera inglesa era, en su vida cotidiana, religiosa, arraigada en comportamientos tradicionales y no necesariamente perteneciente y defensora de las opciones políticas laboristas. La relación entre intereses de clase, partido y política no es directa. Pero, en lo corrido del presente siglo, parece haber más ingredientes que entran en el análisis del comportamiento electoral. Las clases sociales han cambiado, se han diversificado y sus adscripciones políticas se han hecho menos predecibles. Ha cambiado el ‘repertorio’ de las elecciones que se organizan cada vez menos por debates públicos y abiertos entre opciones políticas alternativas y se centran cada vez más en ideas primarias e intuitivas que promueven la adhesión incondicional de unos y el odio visceral y primario de los otros, contando para ello con líderes marcadamente carismáticos. En este último ‘repertorio’, el mecanismo privilegiado de la política es el de las redes sociales digitales, cuyos mensajes se fundan en ideas oprobiosas y malintencionadas, de un lado y de otro, que se difunden entre miles de personas que terminan creyendo en ellas y determinan así su comportamiento electoral.El caso del plebiscito colombiano y la campaña electoral en Estados Unidos son buenos ejemplos de lo que se quiere argumentar. Muy pocas personas conocieron a fondo los acuerdos de paz de La Habana para decidir su voto. Más bien se prendieron de argumentos que indicaban que se trataba de favorecer una opción de gobierno ‘castro-chavista’, o bien una ‘ideología de género’ que atentaba contra la familia y la religión critiana, o bien que se buscaba la abolición de la propiedad privada. El mecanismo tuvo el efecto deseado entre el electorado que favoreció el No que terminó ganando. En el caso norteamericano, se trató de vender la idea de que ‘América’ debía regresar a la grandeza de antaño, que los males presentes venían de la ‘burocracia de Washington’ y, que Hillary Clinton había transgredido el código penal con correos electrónicos de Gobierno desde su computador personal. Se tuvo también el efecto deseado en un electorado de clase media mayoritariamente blanca y protestante que ha sido resistente al control estatal, incluso en el porte de armas, que añora el predominio colonialista de la nación y que nunca aceptó un presidente negro y menos la continuidad política con una mujer blanca. La campaña se enfiló fuertemente contra ella como mujer educada, perteneciente a la élite del poder, como si el contrincante no lo fuera. Hoy estamos enfrentados con nuevos e impredecibles repertorios de la política.

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