No son desechables

No son desechables

Enero 11, 2017 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

La situación no solo es preocupante en Cali. Es notable en ciudades visitadas recientemente, como Bogotá y Pereira; seguramente estamos ante un drama urbano nacional. Se trata de la situación que vive un grupo de personas que deambulan por las calles de las ciudades, que ni siquiera se encuentran en ‘extrema pobreza’. Sus miembros parecen carecer de todo, pero adicionalmente parecen no tener control sobre su personalidad, transitan como sonámbulos, sin que se pueda saber qué los sostiene apegados a la vida. Constituyen un drama humano ante el cual no es posible la indiferencia de los ciudadanos, de organizaciones privadas y ante todo del Estado.Las autoridades municipales deben tener un censo aproximado de las personas en estas condiciones. Las hay de los dos sexos, hay muchos jóvenes y también personas ya maduras. En Bogotá se asegura que estaban concentrados en zonas como el Bronx y que se esparcieron por la ciudad con la toma que las autoridades hicieron del sector. Lo mismo puede estar sucediendo en otras ciudades. Son el eslabón más débil del nefasto y poderoso negocio que domina el mercado y el consumo de drogas. Cómo obtienen el dinero para consumir drogas o inhalar pegante a la luz pública es una incógnita. Lo cierto es que lo consiguen y probablemente se les facilita mientras realicen algunas tareas y ayuden a propagar el negocio.No queda claro lo que las autoridades locales están haciendo para contrarrestar un fenómeno humano tan dramático. Hay consideraciones de política pública disponibles (Ley 1641 de 2013), pero parece que no se ponen en funcionamiento o son ineficaces. Ya entrados en el siglo XXI, cuando las principales ciudades colombianas compiten por puntajes de bienestar socioeconómico, no es posible sostener éticamente que vamos adelante, cuando al mismo tiempo tenemos personas durmiendo en la calle, solicitando dinero al transeúnte para comprar un pan y desayunar y deambulando en las peores condiciones de higiene y vestido. Sin embargo, los asuntos materiales no son el problema principal por resolver, mientras no se les devuelva la dignidad, la seguridad personal y las ganas de vivir. Sería importante que en Cali nos dijeran las autoridades locales, qué se ha hecho, cómo se puede evaluar la acción pública a este respecto y qué se puede hacer para contrarrestar de manera más clara y radical el problema. Sencillamente se trata de un problema humanitario que no da espera. Desde un punto de vista ético y político, no hay quedar cuenta solamente de la inversión pública en temas relacionados con la productividad económica y social, con el empleo y los indicadores de bienestar social de manera agregada. Se requiere mostrar un Estado que se entiende con la situación de aquellas personas que no cuentan con ningún derecho ciudadano y que más parece estuvieran desafiando la muerte en vida. Para algunos sectores intolerantes de nuestra sociedad, los individuos descritos son un grupo de ‘desechables’. Esta identificación es grave ya que hay grupos armados que escuchan el mensaje y proceden por su propia iniciativa, o promovidos por otros, con acciones de ‘limpieza’ que han sido conocidas en ciudades como Cali. Qué importante sería que en los reportes sobre la situación de la ciudad, cada vez se tengan más en cuenta la disminución de las violencias y la mejoría de situación de los sectores más vulnerables para vivir dignamente. De manera particular, poder saber cómo se enfrenta con éxito el drama que todos presenciamos a diario con las principales víctimas del mercado interno de drogas que es a su vez el principal motor de la violencia urbana.

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