Indígenas y paz

Noviembre 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

En el Norte del Cauca hay un contraste muy grande entre los municipios mayoritariamente indígenas, aquellos en donde predomina la población negra y campesina y los de la zona plana, dedicados a la agricultura intensiva, con población mayoritaria negra y mestiza. La población de los municipios indígenas tiene una historia de siglos de lucha por la tierra, desde la introducción colonial de la Encomienda, luego en el período Republicano, cuando el General Mosquera reconoció el territorio a los indígenas de Jambaló y Pitayó, posteriormente, a finales del Siglo XIX, con la introducción legal del régimen de Resguardos, para una población que no se consideraba igual y, durante el Siglo XX, con luchas lideradas inicialmente por Quintín Lame y posteriormente, en los años 30’s, al lado de las Ligas Campesinas, para terminar en la Constitución del 1991, con el reconocimiento de su territorio, de su autonomía étnica y de formas de poder. En los últimos cuarenta años, los indígenas del Norte del Cauca han ganado notablemente en organización comunitaria. Han desarrollado formas de participación y de gobierno propios, los cabildos, y también han participado y ganado en las elecciones locales y regionales. Inciden en los planes municipales de desarrollo, en el funcionamiento efectivo de los servicios de educación y de salud. Periódicamente se reunen en asambleas para discutir asuntos de interés general y en el pasado formularon un Proyecto Global y un Plan de Vida Nasa que son un ejemplo de auto-conciencia sobre su pasado, las circunstancias por las que hoy atraviesan y su proyección al futuro como pueblo. En otras palabras, disponen de un “capital social” que es un ejemplo para la sociedad colombiana, que les ha permitido sobrevivir en medio de un conflicto armado muy agudo.En los años 80’s del siglo pasado, los indígenas promovieron una guerrilla salida de su entraña, como forma de lucha válida contra las injusticias y el rol de los “pájaros” en su territorio. Esta guerrilla comenzó a desintegrarse tras pocos años de actividad, cuando otros grupos guerrilleros quisieron hacer alianzas nacionales con ella y perdió la credibilidad ante su propia comunidad. Los guerrilleros del Quintín Lame pactaron la Paz con el Gobierno y se reintegraron a su propia comunidad de manera exitosa. Desde entonces, han buscado forjarse un futuro de forma pacífica, en medio de un territorio asediado por un conflicto armado, desplegado por grupos extraños a la comunidad indígena. Por la fortaleza comunitaria de los indígenas, los para-militares del Bloque Calima comandados por H.H. no entraron a los territorios indígenas del Norte del Cauca, mientras si lo hicieron de manera brutal en la parte plana o en la zona campesina negra y minera. Las Farc y el ELN han tenido presencia en el territorio indígena y cualquier vecino sabe que hay indígenas, ante todo jóvenes, que son guerrilleros. Pero se debe destacar que la guerrilla no es una extensión de los indígenas en su territorio, que éstos se oponen y resisten la vía armada y, más aún, que sostienen públicamente, no estar de acuerdo con los grupos armados “ni de izquierda ni de derecha”. Con esta posición han sido muchos los indígenas asesinados desde diferentes lados en los últimos años. Así cayeron lamentablemente en Toribío tres indígenas recientemente. No es de extrañar que sea la Guardia Indígena, armada con palos, la que haya detenido a los guerrilleros de las Farc sindicados del asesinato. Tampoco que sean los mismos indígenas que los hayan juzgado. Ellos, una comunidad fuerte, vive con menos impunidad que el resto de colombianos, con un Estado débil.

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