Guerra y conflicto

Guerra y conflicto

Octubre 17, 2017 - 11:40 p.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

Tuve la oportunidad de participar en el XVIII Congreso Colombiano de Historia que se llevó a cabo en Medellín entre el 10 y el 13 de octubre. Hay que resaltar la calidad académica del evento que se hizo sobre el tema de Memoria e Historia y la importancia del fallecido historiador Jaime Jaramillo Uribe. También se debe resaltar la dirección y organización del evento, que permitió el encuentro y la discusión a fondo de ponencias nacionales e internacionales. Igualmente, poder apreciar importantes desarrollos urbanos en el centro de la ciudad, a lo largo del río, y compartir con los paisas, siempre tan acogedores.

Muchos temas me llamaron la atención, pero solamente quiero referirme a una opinión expresada por el profesor Carlos Gregorio López Bernal de la Universidad del Salvador, en un panel sobre Política, Conflicto y Memoria, en un escenario de posconflicto. El profesor dijo, palabras más palabras menos, que no entendía bien a qué nos referíamos en Colombia con posconflicto ya que, en su país, se hablaba del período de la posguerra que se mantenía como altamente conflictivo.

Todo parece indicar que el profesor hizo una observación pertinente y que los colombianos deberíamos entender como los acuerdos de paz llevaron al desarme y al fin de la guerra, pero que los conflictos se mantienen y aún manifiestan el uso de violencia armada. Menciono dos temas que preocupan a este respecto.

El caso de los enfrentamientos en Tumaco que involucraron la muerte violenta de seis personas muestra que el Gobierno debe tener mucho cuidado al poner en práctica su política de erradicación / sustitución de cultivos de coca. Este tema no se puede abordar de manera exclusivamente represiva. Hay personas del campo afectadas a las que se les debe brindar una alternativa para su sustento y sus proyectos de vida. El Estado debe en consecuencia llegar al territorio mostrando sus dos caras, con un solo propósito: que las personas del campo puedan vivir sin los cultivos ilícitos, dentro de la institucionalidad. El asunto es complejo, ya que en la zona de Tumaco donde sucedieron los hechos, no solamente habían campesinos productores de coca. También hay plantaciones de organizaciones delictivas que le pagan a personas proletarizadas del campo, para que produzcan la coca y se opongan a las autoridades. Las víctimas de los homicidios fueron estas personas, campesinas y proletarios del campo, pero las organizaciones involucradas y responsables de los hechos son otras, sin descartar un error de política de erradicación que recae en el Estado y no en los policías que llegaron al terreno.

El punto que quiero resaltar es el de las dificultades enormes que enfrentamos en el posconflicto, acrecentadas por la falta de planificación del Gobierno y de sus acciones en el territorio. Problemas como el de Tumaco pueden aparecer de nuevo en varias oportunidades en el mal llamado posconflicto.

El segundo tema que me parece preocupante: este tipo de problemas que muestran ostensiblemente la debilidad del Estado, puede servir como ya sucede para erosionar los mismos acuerdos de paz. Los desaciertos del Gobierno pueden ser aprovechados por parte de fuerzas sociales y políticas que nunca han creído en ellos y quieren hacerlos “trizas”. No hay alternativa: se requiere pasar en la posguerra a construir en firme los acuerdos de paz, vinculando en las regiones al Estado con las poblaciones, acrecentando su legitimidad y evitando los enfrentamientos y los hechos de violencia. Se requiere de una gran fuerza política que respalde los acuerdos más allá de los desaciertos en su implementación y un Estado más eficiente.

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