Decisión política

Agosto 24, 2011 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

No creo que la sociedad colombiana aguante una frustración más alrededor del tema de la paz, las condiciones y los procesos que la hacen posible. Durante ocho años, el gobierno anterior consideró que podía doblegar militarmente a la guerrilla. En el último año, cuando ya las estadísticas del conflicto armado no le eran favorables, quiso sustentar un período adicional para llevar a buen término su política de Seguridad Democrática, que negaba la existencia del conflicto armado y caracterizaba la guerrilla como grupo terrorista a secas. En lo que va corrido del presente Gobierno, las percepciones de parte y parte han cambiado, se reconoce el conflicto, pero la distancia es enorme entre los oponentes y la comunicación prácticamente inexistente. Teóricamente, si todavía existe algo de conflicto político, entonces la violencia debería considerarse sólo un medio por parte de quien la justifica. Nunca un fin que perdura en el tiempo, ensañándose contra la sociedad. Pero resulta que en los últimos cincuenta años de una guerra sin fin y sin fines, Colombia ha cambiado sustancialmente. El 80% de la población es urbana, el régimen político se ha democratizado, especialmente desde 1991 y la pobreza y la desigualdad, que son problemas muy graves, no son peores en nuestros días. Desde el Estado y con la política pública, es mucho lo que se ha logrado, en contravía y como un reto a los distintos grupos armados. En otras palabras, la violencia tampoco tiene justificación como medio, si alguna vez la tuvo. Es con la confrontación de ideas, con el debate político, con los programas de gobierno y con los controles que haga la oposición democrática como se solucionarán los problemas colombianos. Se requiere de enorme madurez política para que la guerrilla reconozca que la violencia revolucionaria es una estrategia del pasado. Sin esta consideración y sin la decisión de meterse de frente, sin ambigüedades ni dobles agendas, en un proceso de paz, no es posible avanzar en la solución del conflicto armado. Hay que valorar enormemente las opiniones y comunicaciones de intelectuales que han tratado recientemente de enviarle este mensaje a la guerrilla. Entre ellos, León Valencia y Eduardo Pizarro, pero especialmente significativa me parece la carta del profesor de la Universidad Nacional Medófilo Medina a su compañero de aula, el hoy comandante de las Farc ‘Alfonso Cano’. Es evidente que se pueden dar pasos de acercamiento inmediatos que muestren la nueva intencionalidad. En particular, no se puede olvidar la injusticia que vive un grupo de soldados y policías que, si fueron retenidos en el pasado en medio de la guerra, hoy están claramente secuestrados. Tampoco es aceptable el secuestro de ciudadanos ni las formas de guerra que afectan directamente a la población civil. El Gobierno, por su parte, tendrá que mostrar su disposición a abrir la puerta y dejar entrar al visitante. El Presidente, en su visita reciente a Chile y Argentina, tocó el tema, seguramente por los pronunciamientos ambiguos de las Farc y del Eln. Qué es negociable, si la guerrilla deja las armas. Ojalá no sean los principios de la democracia occidental, la única que ha funcionado en el mundo contemporáneo. Es cierto que se le debe garantizar la vida a quienes se acojan al proceso de paz, asunto muy difícil en Colombia. También se deben emprender los más ambiciosos programas de desarrollo social y enfrentar al enemigo más fuerte y tramposo que queda a lo largo y ancho de la sociedad colombiana: el narcotráfico.

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