Ciudad sostenible

Marzo 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Guzmán Barney

Hay una conciencia creciente sobre la importancia que tienen la seguridad y la convivencia para que la sociedad sea viable. De allí el énfasis en temas como la violencia urbana. Pero, hay otros aspectos relacionados con la sostenibilidad social en los que se debe insistir crecientemente, ya que son propios de nuestra época y de ellos tenemos menos conciencia colectiva. Me refiero al medio ambiente, a su condición cambiante expresada en el cambio climático, a las consecuencias de su deterioro para las nuevas generaciones. El caso del agua, en la ciudad de Cali y en la región de su influencia son un ejemplo sobrecogedor sobre el cual, a pesar de la situación, estamos a tiempo para actuar. Se requiere que la opinión pública se apropie del problema, que este se traduzca en políticas estatales, en cambios en las instituciones y, sobretodo, en modificaciones de los comportamientos de los mismos ciudadanos. Pocas regiones, en el mundo, tan fértiles como la del valle del río Cauca. Allí está Cali, una ciudad con una ecología excepcional, por su ubicación, por el clima, por sus ríos, por su flora y árboles y, en algunas de sus calles, por sus auténticas alamedas. La pregunta es si existe hoy un interés colectivo, político, estatal y ciudadano por conservar este paraíso para las futuras generaciones. Desgraciadamente, es posible pensar, de manera sustentada, que no es el caso, por lo menos como una orientación política clara y a pesar de esfuerzos y opiniones puntuales que se tienen a favor.Comenzando por el color del río Cauca, se puede pensar que su corriente arrastra una considerable cantidad de capa vegetal que se pierde desde las montañas. Esto es cierto también para el caso de sus afluentes, entre ellos el río Cali. Son múltiples las instancias públicas, privadas y agentes individuales responsables de esta situación. Entre ellas: la CVC, Asocaña, los gobiernos departamentales y municipales del Cauca y del Valle. También se debe tener en cuenta la responsabilidad que le compete al ciudadano común y corriente que no exige a quienes tienen mando y que muchas veces no actúa consistentemente con una mentalidad ambiental. Claro está, no todo se debe al deterioro del medio ambiente en el campo y por sus agentes. También la industria tiene su parte de responsabilidad y, de manera muy significativa, el modelo de ciudad que inconscientemente se ha venido imponiendo, en contravía de las recomendaciones más recientes para hacer factible la modernidad. Es un modelo centrado en el uso del automóvil particular. Este rasgo, combinado con una cierta cultura del desperdicio, por lo menos entre los sectores más pudientes. Entonces, no es solamente capa vegetal que se pierde, son también desechos industriales y mineros, mal manejo de las aguas residuales, contaminación del aire por más y más carros que copan las nuevas vías, construidas con impuestos adicionales por valorización que tienen este infeliz destino. Los majestuosos ríos se convierten en cloacas, como sucede para vergüenza nacional con el río Bogotá.Una visión catastrófica tiende a invadirnos. Pero, aún se está a tiempo de actuar. Puede molestar a algunos grupos de interés, en su perspectiva mezquina de corto plazo, pero puede encontrar apoyo generalizado en la ciudadanía que también debe cambiar en su vida cotidiana y en grupos de interés que piensan con criterios de largo plazo. Hay que rediscutir el desarrollo deseable para la ciudad y la región y actuar consistentemente. No hay opción: éste debe ser sostenible en términos ambientales.

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