Se perdió la vergüenza

opinion: Se perdió la vergüenza

Anteriormente, cuando una autoridad gubernamental era acusada de deshonesto, aunque no hubiese certidumbre, el camino más frecuente era la renuncia voluntaria del funcionario; por una razón muy simple, el mayor patrimonio de los servidores públicos es la confianza.

Se perdió la vergüenza

Septiembre 19, 2017 - 11:50 p.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Anteriormente, cuando una autoridad gubernamental era acusada de deshonesto, aunque no hubiese certidumbre, el camino más frecuente era la renuncia voluntaria del funcionario; por una razón muy simple, el mayor patrimonio de los servidores públicos es la confianza. Ellos son designados para administrar pulcramente los recursos tributarios de los ciudadanos. Están obligados a cumplir las leyes establecidas que rigen las instituciones estatales que representan y cuando se los culpan justificadamente de violarlas, debieran renunciar.

Si la confianza en los funcionarios del Estado es inherente a su subsistencia en los cargos deben ser destituidos cuando desaparece. ¡Qué decir de los jueces!, a quienes les entregamos nuestros destinos, para bien o para mal. A ellos acudimos para hacer valer nuestros derechos y dilucidar nuestras querellas. De su buen juicio depende la armonía entre los ciudadanos, la convivencia pacífica de los habitantes. Si no hay confianza en los jueces, se destruye la civilidad. Se convierte en la bomba atómica de la sociedad.

Pues bien, ahora resulta que, aunque los funcionarios y los jueces sean acusados continúan en sus cargos, conservan sus facultades y poderes. Tienen cuero de cocodrilo.

El primero en aferrarse al cargo fue el expresidente Ernesto Samper quien consumió tres años de su presidencia, defendiéndose de los cargos que lo acusaban, aunque le habían quitado la visa de los Estados Unidos, y además cuando visitó oficialmente Sudáfrica, su presidente, Nelson Mandela, se negó entrevistarse con él personalmente.

Recientemente el magistrado, Jorge Pretelt, conservó su cargo, contra viento y marea. Se separó de sus funciones, después de un largo proceso de destitución. Ahora ocurre lo mismo con el magistrado Gustavo Malo, a quien le pidieron la renuncia sus propios compañeros y solicitó tiempo para reflexionar su decisión. La vergüenza y la sensatez se han perdido. Poco les importa el bienestar de su país y de las instituciones que representan.

Esta desafiante actitud no ocurría en el pasado, hoy en día existen contadas excepciones. Marco Fidel Suárez renunció a la Presidencia, por habérsele autorizado unos adelantos de su sueldo. Alfonso López Pumarejo desistió de continuar en la Presidencia, ante una oposición beligerante, que le obstaculizó el ejercicio de su cargo. El papa Joseph Ratzinger abdicó cuando por un raciocinio de su conciencia, se consideró incapaz de liderar la Iglesia. El exministro Juan Carlos Esguerra renunció irrevocablemente ante la polémica reforma a la Justicia, en la cual él había actuado a nombre del Gobierno. Recientemente, Luis Andrade, director de la ANI, renunció a pesar de considerarse inocente para no perjudicar la institución y entorpecer la ejecución de los proyectos.

¿Habrá cambiado el concepto de la dignidad o la moral con el tiempo? ¿Será que nos hemos habituado a la corrupción y estas actitudes nos parecen normales?

¿Cómo pueden llegar personajes tan nefastos como Luis Gustavo Moreno a la Fiscalía y sobornar, en aquella época, magistrados en ejercicio, como Leonidas Bustos y Francisco Ricaurte?

Cambios legislativos para la Justicia son indispensables, pero no bastan, es necesario que cambien las actitudes y los criterios. El papa Francisco fue muy claro en sus homilías.

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