Las secuelas de una enfermedad

Julio 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Durante un largo período sufrimos la enfermedad holandesa. Los precios del petróleo que exportábamos estaban por las nubes, por consiguiente abundaban los dólares y nuestra moneda se encontraba muy valorizada. Nos sentimos ricos, viajábamos al exterior y todo parecía barato. Era más económico importar que producir en nuestro territorio. Esto lo denunciamos en no pocas ocasiones. El gobierno estaba feliz porque había prosperidad con poco esfuerzo y de contera sin inflación. Casi nada se hacía para impulsar la industria y el campo, que se encontraban postrados. Lo poco que se logró, no produjo ni cosquillas.Los precios del petróleo colapsaron y con ello nuestros sueños de grandeza. Nuestra moneda se depreció, tenemos una balanza comercial desbalanceada en términos de dólares, importamos más de lo que exportamos, lo cual significa que tenemos un déficit de efectivo para pagar lo que compramos en el exterior.Como consecuencia del tránsito por este largo desierto que atravesó la industria y el campo, se dejaron de renovar los equipos, algunos industriales cambiaron de negocio, invirtieron en sectores más rentables. Otros negocios con mayor sex-appeal se remozaron. Creció el comercio, en especial el de productos importados, como computadores, electrodomésticos y carros.Ahora nos damos cuenta de cuán importante es la industria para generar empleos y producir divisas. No pocos economistas que no han trabajado en el sector real, en otras palabras que no han tenido la obligación de producir resultados en un negocio, se quejan de que la industria continua postrada a pesar de las condiciones favorables, desconocen que entre el estímulo de los precios altos en pesos y el aumento de la producción para poder vender en el exterior, existe un período dilatado. Los efectos de la devaluación del peso tardan en producirse. Lo que si ocurre de inmediato con la depreciación del peso es que cambia la conducta de los comerciantes que antes preferían importar. Tomará un largo período fortalecer las exportaciones de productos industriales. Como primera instancia se requiere vencer la desconfianza de los inversionistas para preferir este sector, que durante casi una década fue la cenicienta para los ahorradores.Otra de las secuelas de la enfermedad holandesa, no tan mencionada como la anterior, la cual no sé si calificarla de pernicioso o ventajosa, fue la circunstancia de ayudar a desnudar nuestro sistema fiscal, cuyas llagas estaban ocultas bajo los cuantiosos ingresos que el Gobierno derivaba del petróleo. Lo cierto fue que a raíz del descalabro de los precios de los hidrocarburos, el Gobierno se vio obligado a promover otra de las tantas reformas tributarias y se produjo por fin el convencimiento de que se requería un revolcón en nuestra legislación y administración impositiva. Tal como lo afirma la Comisión de Expertos en su informe, paradójicamente Colombia tiene tasas nominales de impuestos muy elevadas y obtiene un recaudo bajo. La legislación actual no promueve la equidad, ni la progresividad, lo cual profundiza las brechas económicas. Un deporte muy practicado en Colombia es la evasión y la elusión del pago de impuestos. El peor de los mundos. Nuestra legislación tributaria no solo invita a la informalidad a los pequeños empresarios, sino que espanta la inversión de los grandes.

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