La paz

La paz

Agosto 08, 2017 - 11:50 p.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Se trata de un término muy manoseado, esgrimido desde muchas perspectivas, utilizado con múltiples propósitos. En Colombia, a raíz del acuerdo del Gobierno con las Farc, ha tenido una fuerte connotación política. Así denominó dicho convenio el Presidente. Se le facilitó calificar así a los amigos de la paz y a los amigos de la guerra. Fue un slogan político que, sin duda, le ayudó en la votación de su segunda elección.

En las iglesias cuando se celebran las misas, parte del rito es ofrecer el saludo de la paz a los feligreses y entre los feligreses. Se trata de una paz espiritual, sin ignorar también la temporal. Se trata de desear a los fieles la fraternidad, la reconciliación, la convivencia, la armonía y la concordia. Cuando una persona fallece se suele decir: descansó en la paz del Señor. También, se utiliza en términos económicos cuando hablamos de estar a ‘paz y salvo’.

Mi colega columnista del diario El País, Gustavo Duncan, publicó un erudito libro, Más que plata o plomo, en el que explica con claridad los obstáculos para lograr la paz y la convivencia en la totalidad del territorio colombiano, e ilustra dónde sobrevivirán narcotraficantes, paramilitares y grupos subversivos, si no se producen cambios fundamentales.

El mayor obstáculo que él menciona, con acierto, es la ausencia virtual del Gobierno institucional en la periferia. Mientras no se logre llevar el bienestar a los lugares que hoy se encuentran en manos de las organizaciones ilegales, las cuales irremediablemente suplantan las instituciones gubernamentales, es imposible que la población colombiana goce de sosiego y tranquilidad. Hay que devolver la esperanza de progreso a los habitantes de la periferia, y dudo mucho que se logre si en los gobiernos continúa prevaleciendo un espíritu eminentemente centralista.

Tampoco estimo que exista la convicción inalienable de volver el aliento a la periferia, para lo cual se requiere un esfuerzo económico, de cuantías considerables, durante muchos años, además de practicar una voluntad inequívoca de atención y consolidación institucional de las regiones abandonadas. Para lograr la tranquilidad y la convivencia de esas comunidades, durante tanto tiempo ignoradas, se demandan cambios en la distribución de nuestros presupuestos de inversiones, pero ante todo cambios políticos y económicos de fondo.

Una demostración irrefutable de la ausencia de autoridad en la periferia es el aumento inusitado del área sembrada de coca en el país, 188.000 hectáreas en el 2016, un aumento del 18% sobre el año anterior, a pesar de la predicción del Gobierno de que las plantaciones disminuirían, gracias a la guerra contra el narcotráfico y al acuerdo con las Farc, una equivocación que afectará las relaciones con los Estados Unidos.

Otro factor de nuestros padecimientos son los desplazamientos poblacionales que han producido un crecimiento enfermizo de habitantes en las grandes ciudades, lo cual induce a la inseguridad. Se ha aumentado el desempleo y la miseria de personas que llegan huyendo, sin rumbo y sin trabajo. Aquí vuelven y juegan las limitaciones de las autoridades locales para ofrecerles soluciones de vivienda y empleo. Solamente Bogotá posee los recursos económicos para dar solución a los desplazados y controlar el orden, con el 66% de las captaciones bancarias y la mayor concentración de la fuerza pública.

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