Experiencia lamentable

Experiencia lamentable

Noviembre 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Estando de visita en Nueva York, acompañado de mi esposa y de una pareja de amigos, escuchamos por primera vez las noticias del riesgo que entrañaba la aproximación del huracán Sandy a la costa este de Estados Unidos, aún sin rumbo definido. A raíz de esa primera información, continuamos enterándonos por los noticieros de su curso y de su magnitud, el cual resultó ser desgraciadamente la tormenta más desvastadora que se recuerde en el nordeste de los Estados Unidos y definitivamente una experiencia amarga para la ciudad, capital financiera del mundo y símbolo de la opulencia, además de ser la sede de las Naciones Unidas.Afectó, según los datos oficiales, nada menos que a la cuarta parte de la población estadounidense. Tres o cuatro días después de golpear Nueva York continuaba produciendo fuertes lluvias y vientos en Chicago.Para apreciar la magnitud del daño causado por la tormenta, basta mencionar que a su paso letal por el Caribe produjo más de 40 muertes y en Norteamérica la cifra superaba las 100. Ni que hablar de la destrucción de viviendas y los demás daños materiales originados por la fuerza de los vientos, las mareas y las inundaciones. Las imágenes de una montaña rusa retorcida como un tirabuzón son un símbolo del poder de sus ráfagas. El frente del espiral de la tormenta que colisionó con tierra firme tenía 900 millas de diámetro.Por momentos pensamos que las predicciones de los meteorólogos eran exageradas; por desgracia se cumplieron. Las advertencias de las autoridades acerca de las prevenciones fueron perentorias y reiterativas. Se evacuó la población costera, la que estaba expuesta a los mayores riesgos debido al poder de las mareas. Se habilitaron albergues seguros. Se paralizó el transporte urbano e intermunicipal. Se cerraron los aeropuertos. Los generadores de energía atómicos suspendieron sus actividades.En cuanto a nosotros, nos dispusimos a hacer lo que estaba en nuestras manos. Por fortuna nos encontrábamos alojados en un piso 33, en la mitad de Manhattan, donde como era de esperarse, sufriría consecuencias benignas. Solamente se aconsejaba aprovisionarse de alimentos precocinados y de agua, por unos pocos días. El lunes 29, en las horas de la tarde, llegó a la ciudad el corazón de la tormenta, acompañada de abundantes lluvias y ráfagas de viento que observamos desde las ventanas. El edifico oscilaba y crujía poniendo a prueba su osamenta metálica. Para nuestra tranquilidad, la duración de estas circunstancias extremas se prolongó solamente unas cuantas horas. Ni un alma en la calle. Se paralizó la ciudad que nunca duerme. Los vuelos se cancelaron por tres días. Dos de sus tres aeropuertos se inundaron. Se cerró por dos días la bolsa de valores más importante del mundo, lo que no ocurría desde 1888. Recientemente se suspendió su tradicional maratón.Llama la atención además de las consecuencias letales y el sufrimiento de muchas familias que vieron perecer sus viviendas y sus pertinencias, que aún cinco días después de la emergencia, cuando logramos salir de la ciudad, la vida cotidiana se veía afectada en múltiples formas e intensidades. El metro funcionaba parcialmente, el comercio operaba a media marcha. Una parte de la ciudad se encontraba a oscuras y sin agua potable. Las colas para tomar el bus eran de cuadras. Las filas de carros para proveerse de combustible ocupaban las calles.Definitivamente las fuerzas de la naturaleza producen daños desastrosos, aún donde existen los mayores recursos para contrarrestarlos.

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