En reversa

Julio 11, 2017 - 11:50 p.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Hasta mediados del siglo pasado, al gobierno de los EE.UU. lo animaban sentimientos imperialistas, como cuando derrotó a México y se apropió de buena parte de su territorio. Colombia fue víctima del machismo y la ambición de Theodore Roosevelt quien apoyó la independencia de Panamá. Se jactaba de proclamar “I took Panamá”, que traduce: “Me tomé a Panamá”, como si fuese un trofeo personal para construir su canal, y así apoderarse de una franja de terreno, entre ambos océanos, y que dividió en dos el nuevo país por casi un siglo.


Este espíritu que practicaba en el pasado, cambió fundamentalmente, después de la Segunda Guerra Mundial; promovió el Gatt en 1947 para estimular el comercio mundial, apoyó la iniciativa de instituir la Organización de las Naciones Unidas para mediar en los desacuerdos entre países y estimuló la creación del Banco Mundial en 1944, para promover el desarrollo de los más débiles.

También lideró el establecimiento del Fondo Monetario Internacional, con el propósito de mitigar los efectos de las crisis monetarias, que frecuentemente se presentan y requieren el apoyo de la comunidad internacional. Pero lo más significativo de esta actitud fue la creación del Plan Marshall, de su exclusiva autoría, para ayudar a la recuperación económica y social de los países derrotados.

Por primera vez en el mundo, uno de los países vencedores, el mejor librado de las penurias de la Segunda Guerra Mundial, destinó unas sumas considerables, para que sus anteriormente enemigos pudiesen volver a prosperar. En gran parte el llamado “milagro” alemán se debió al plan Marshall. Le devolvió a Panamá el canal interoceánico para su explotación y funcionamiento.

Es evidente que, en la segunda mitad del siglo pasado y los inicios del actual, el mundo ha disfrutado de un período de prosperidad nunca antes visto. Sin duda existe camino por recorrer, como el de reducir las brechas en los ingresos entre ciudadanos de un mismo país y las que existen entre regiones, se debe redoblar la lucha contra la pobreza, incrementar el acceso a la Educación y la Salud, y otras iniciativas necesarias para promover el bienestar universal.

Diferencias siempre existirán, lo que se pretende es que sean moderadas y aceptables. Otra misión de importancia crucial es la de proteger el deterioro de nuestro planeta, estableciendo normas internacionales de obligatorio cumplimiento, al fin y al cabo, solamente viajamos en una nave, el hogar de toda la humanidad.

Las políticas del gobierno de los EE.UU. son importantes, no en vano es la Nación más rica y poderosa del mundo. Con el acceso al poder del presidente Trump, su orientación sufrió un viraje de 180°. La globalización es aceptable para él, únicamente si su país lleva la mejor parte. Proteger nuestro planeta, se acepta, si las normas no estorban el enriquecimiento de sus ciudadanos. La solidaridad concebida para los países de la Nato la puso en duda. Elogió el Brexit. Es declarado antiinmigrantes, argumenta que restringen las oportunidades de trabajo de los nativos. Exigió renegociar el Nafta y se retiró del TPP. Así demostró su actitud hacia los tratados de libre comercio. Revivió una política que practicaron los EE.UU en el siglo pasado, con efectos nefastos, el aislacionismo. Por más poderosos que sean, ellos requieren de la cooperación y ésta no se logra sin la voluntad de las partes.

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