El fallo

El fallo

Diciembre 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Mucho se ha escrito sobre este tema y seguramente se continuará discutiendo en el futuro. Los problemas de fronteras son sensibles e inflaman el patriotismo que muchos colombianos lo conservan aletargado. Acontecimientos como el fallo de la Corte Internacional de La Haya enciende la llama y exacerba el nacionalismo hasta límites insospechables. Ahora, todos nos sentimos indignados y profundamente preocupados.No es la intensión de este artículo opinar sobre la legalidad; mi ignorancia del tema es supina. Los doctores expertos en jurisprudencia internacional provenientes de la Capital, la cantera de los juristas más connotados, han hecho un trabajo acucioso. Los de provincia no se conocen, solamente en Bogotá se ventilan los litigios de alta alcurnia. Hemos escuchado a varios de ellos haciendo declaraciones o escribiendo artículos bastante convincentes sobre la labor profesional realizada. Sin embargo, existen hechos que se caen de su peso. Si aceptamos la jurisdicción de la Corte de La Haya durante todo el tiempo que duró el litigio y aceptamos su fallo sobre la vigencia del Tratado Esguerra-Bárcenas en lo referente a la soberanía de Colombia sobre las Islas, por qué ahora no aceptamos la segunda parte, en lo concerniente al mar territorial. Si durante una década presentamos un sinnúmero de argumentos y puntos de vista ante la Corte, ¿cómo podemos ahora alegar que no tenía suficiente conocimiento o competencia sobre la materia?Desde un principio se anunció a la opinión pública que la Corte constituía la última instancia y que no existía la oportunidad de apelación. El derecho al pataleo siempre existe, pero sin efecto práctico sobre los aspectos sustanciales del fallo.Cuando se acepta ir a un arbitramento para decidir en última instancia sobre un litigio, implícitamente también se acepta la aplicación inexorable de criterios salomónicos. El tiempo y la experiencia han demostrado que no existen fallos radicales cuando de arbitramentos se trata. La Corte pensó que dándole a Colombia la soberanía sobre las Islas y los cayos, era suficiente contentillo, y que debía por lo tanto apaciguar a Nicaragua otorgándole ventajas sobre el mar territorial; pero se le fue la mano y produjo una sentencia incompresible.La culpa no se le puede endilgar al actual Gobierno. En primera instancia, varios fueron los gobiernos que tuvieron la responsabilidad de participar directamente en el litigio, además los expresidentes forman parte de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores donde se ventilan, entre otros temas, los límites fronterizos, por consiguiente ellos tuvieron permanentemente la oportunidad de manifestar sus opiniones sobre los desacuerdos con Nicaragua. Imposible señalar chivos expiatorios. Lo que seguramente no dimensionó la Corte de La Haya fue que su controversial determinación pudiese afectar la integralidad de nuestro territorio. Los nativos del archipiélago caribeño se encuentran profundamente indignados y el fallo ha servido de chispa para prender la hoguera de pasiones ancestrales y despertar sentimientos de autonomía, por la falta de atención a sus justas demandas. Ellos no son la excepción; varias son las regiones del país que se encuentran injustamente abandonadas y en estado de postración. El centralismo castra las oportunidades para los profesionales, no solamente del derecho, y la vida cotidiana de la Capital produce miopía y en no pocos casos ceguera. Ojalá nos sirva este golpe para zanjar las diferencias entre las regiones y luchar contra la macrocefalia.

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