El desplome del peso

El desplome del peso

Marzo 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

La mayor debilidad de la economía de Colombia, el talón de Aquiles, siempre ha sido la escasez de divisas. En el pasado el café fue nuestra tabla de salvación. En ocasiones llegó a representar el 80% del total de las exportaciones, hasta que apareció el petróleo. Los altos precios del oro negro y el incremento gradual de su producción anestesiaron a las autoridades económicas. Esta prolongada bonanza de nuestra balanza comercial nos hizo olvidar las dificultades de antaño. Nos sentimos ricos. De contera el crudo producía jugosas regalías para el Gobierno Nacional y las regiones donde se encontraban los yacimientos. Recientemente el mismo Gobierno promulgó un nuevo régimen más equitativo, haciendo partícipes de este beneficio a todos los rincones del país. Además el Estado, por ser el dueño del 90% de Ecopetrol, recibía una cuantiosa suma de sus dividendos, mientras duró la prosperidad. El desplome de los precios del petróleo y los augurios de una menor producción han afectado considerablemente el fisco nacional, causa primordial de la reforma tributaria realizada contra el reloj.Vivimos un largo período dentro de una burbuja, cuya mayor virtud fue la abundancia de divisas, debido a los altos precios de los energéticos, carbón y petróleo, en ocasiones, también elevadas cotizaciones del oro. La inversión externa directa igualmente creció y el mercado de los títulos colombianos obtuvo altas calificaciones, nos volvimos codiciados. Esta inversión directa también estuvo representada por los hidrocarburos y el gas en un 60%. Las mencionadas circunstancias valorizaron nuestra moneda de tal manera, que en una década la tasa de intercambio con el dólar de los EE.UU. pasó de niveles entre los $2.800 y $2.700, a $1.800 y $1.700, un 55% de diferencia. Nos volvimos costosos, era más barato fabricar en el exterior que en el país. Obviamente los productos y servicios transables fueron los más afectados. Muchas fueron las voces que advirtieron reiteradamente que se nos había contagiado la enfermedad holandesa y que el gobierno debería tomar medidas para mitigarla; evitarla era imposible. Sin embargo, las pocas que se tomaron fueron inocuas, continuamos nadando en la cresta de la ola.Hoy estamos sufriendo las consecuencias. La tasa de cambio se desplomó y los impuestos colapsaron. Difícilmente se hubiese podido impedir el 100% del derrumbe, sin embargo, era previsible que ocurriera; el acelerado aumento de la producción proveniente del esquisto (shale oil and gas) en los EE.UU. era evidente. Ante este panorama han podido tomarse medidas para disminuir el trauma, pero el Gobierno continuó incrementando el gasto y la tasa de redescuento se mantuvo alta. Volvimos al pasado. Recuperarnos nos va tomar varios años, a no ser que los precios del petróleo vuelvan a subir a las cumbres de donde descendimos, lo cual es muy improbable. Lo posible, quizás, será una leve recuperación de los precios actuales, lo que produciría alivio. La recuperación del aparato productivo sobreviviente tomará no poco tiempo. Se requiere fortalecerlo con nuevas inversiones, no obstante con la última reforma tributaria envió una pésima señal. La esperanza se cimenta en la anunciada reforma estructural. Sustituir la contribución del petróleo en la oferta exportadora, no ocurrirá de la noche a la mañana.

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