De paso por España

Mayo 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

En una reciente visita a España, la tierra de muchos de nuestros antepasados, ejercité uno de mis hábitos matutinos, leer los diarios locales, atiborrados de artículos críticos sobre la situación económica que están atravesando. El porcentaje de los parados, léase desempleados en términos latinoamericanos, ronda el 20%. Mientras estaba en el país, se anunció oficialmente la recesión y la calificación de riesgo de sus acreencias se devaluó por parte de las agencias internacionales, lo cual implica tener que pagar intereses más altos para poder refinanciar su deuda. El sistema bancario, donde se encuentra depositado el dinero de sus ciudadanos, está en cuidados intensivos; recientemente se produjo la primera intervención de salvamento de un banco. Estos lastimosos hechos han inducido a que sus residentes se refieran instintivamente a la crisis económica, en casi cualquier conversación casual, aún sin motivo aparente.Hace tan sólo dos décadas España nadaba en la abundancia. Sus empresas florecían e invertían sus excedentes en el exterior, con preferencia en Latinoamérica. Se llegó a hablar irónicamente de una segunda conquista, en esta ocasión por medio del dinero en lugar de las armas. Su ingreso al Mercado Común Europeo le dio un gran impulso. Logró institucionalizar su hirsuto regionalismo mediante el establecimiento constitucional de las autonomías, una solución sui generis, que va más allá del sistema federativo en algunos aspectos. Su impulso parecía imparable. ¿Qué lo ocurrió? ¿Por qué de la euforia se precipitó hacia la desesperanza, en tan corto tiempo? Atribuirlo solamente a una causa no sería razonable. Generalmente los derrumbes se producen por múltiples razones, sin embargo sobresale una preponderante.Cuando se piensa poseer riqueza en abundancia, lo natural es descuidarse en los gastos y en el endeudamiento. En buena medida esto fue lo que le pasó a España, al igual que a otras naciones europeas. Se excedieron en el otorgamiento de beneficios a la población, sin tener en cuenta la carga financiera que implicaban. Vale la pena destacar, para beneficio de sus anteriores gobiernos, que es más fácil administrar bien la escasez que la abundancia.En las democracias existe una tentación inexorable, cuando se viven situaciones económicas holgadas, los gobernantes son proclives a otorgar beneficios para complacer a los electores, ignorando a quien le corresponde pagarlos; una forma efectiva de aferrarse al poder. La mejor manera de detentarlo es dar gusto, sin exigir sacrificios, lo cual no es sustentable cuando se trata de dinero. Se requiere sembrar para cosechar. El bienestar es fruto del trabajo correspondiente. Pues bien, España y otras democracias de Europa sufren los síntomas descritos y hoy lloran sobre la leche derramada, lo cual no quiere decir que sean la excepción en el contexto mundial. No solamente ha ocurrido en el pasado, está ocurriendo actualmente en otras latitudes. Al Sr. Rajoy le corresponde corregir los desmanes de sus antecesores. Gobernantes miopes o populistas existen y continuarán existiendo, mientras la humanidad sea humanidad, se trata de movimientos pendulares de las democracias.Sin embargo, lo más amenazante del acontecer europeo para la comunidad internacional lo constituye el caso de Grecia, el paradigma de otorgar beneficios sin considerar las limitaciones financieras. A diferencia de España, en Grecia la crisis económica la condujo al caos político, con un pronóstico totalmente incierto.

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