Como el cangrejo

Marzo 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alfredo Carvajal Sinisterra

Durante mucho tiempo Colombia sufrió escasez de divisas. Las cifras del comercio exterior daban pena. Ocupábamos uno de los últimos lugares en las exportaciones por habitante. Nuestras ventas al exterior eran escasas, a lo sumo alcanzaban para importar lo indispensable. Las circunstancias nos obligaron a producir internamente muchos productos, así nos convertimos en uno de los países más autosuficientes.Los tiempos han cambiado, el año pasado exportamos la friolera de US$56.953 millones, cinco años antes tan sólo alcanzamos la cifra de US$24.390 millones, lo cual le ha permitido al país importar sin restricciones. Este aumento, superior al 100%, es consecuencia de incremento gigantesco en las ventas de carbón y de petróleo. En el 2006 vendíamos al exterior US$9.955 millones en el rubro de combustibles y minerales. El año pasado esta cifra se incrementó a US$37.184, lo cual quiere decir que casi se cuadruplicó, ahora el 65% de nuestras exportaciones corresponden a este sector, demandante de capital, pero poco generador de puestos de trabajo.Esta actividad se caracteriza por la concentración del ingreso, muy diferente a la caficultura, de la cual dependimos por muchos años para obtener dólares, que lo irriga profusamente. Todas las empresas petroleras o mineras establecieron sus sedes en Bogotá, donde está el gobierno central, de quien dependen altamente para ejercer sus actividades. La abundancia de divisas, sin embargo, no se debe exclusivamente al crecimiento de las exportaciones, la inversión extranjera directa, US$15.000 millones, también ha colaborado. Más del 70% de estas inversiones son en el sector mineroenergético.Sin lugar a dudas, el aumento en las tasas de interés decretadas por el Banco de la Republica ha contribuido a incrementar la atractividad del endeudamiento en dólares, e igualmente ha invitando a los inversionistas del exterior a comprar papeles de renta fija en pesos colombianos, con rendimientos seductores.Todos los fenómenos económicos descritos han fortalecido nuestra moneda. El encarecimiento del peso colombiano ha incrementado los costos internos. Ahora podemos comprar más con los mismos pesos en Europa o EE.UU. Igualmente sucedió hace unos cuantos años en Venezuela, como corolario de su riqueza petrolera. Nos parece barato comprar carros o motos, neveras o televisores, viajar al exterior, hacer ‘shopping en Miami’, lógica consecuencia de la debilidad del dólar frente al peso.Entre más valor agregado nacional tenga el producto que fabricamos, peor. Cuando lo que se importa, y luego se transforma, es una proporción alta del costo, el hecho de tener una moneda revaluada favorece al productor, no obstante si su materia prima es nacional, el fabricante se perjudica. En conclusión, mejor importar que fabricar. Somos caros. Donde más se notan los efectos de esta tendencia es en la producción textilera, en las confecciones, en la industria del calzado, en fin, en aquellos productos que se denominan transables, debido a que los costos del trasporte no tienen tanta incidencia en el precio final, se trata de bienes propensos a viajar distancias largas, como los zapatos chinos, las camisas de Filipinas, los lápices de Indonesia, etc...Todo esto sería fenomenal si los precios de los minerales y los de los hidrocarburos se mantuviesen altos indefinidamente y las canteras de las minas no se agotaran, lo cual es imposible, por consiguiente debiéramos aprovechar la bonanza para fortalecernos y no para desindustrializarnos.

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