San Luis/72

Junio 13, 2017 - 11:40 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Las reuniones de antiguos compañeros del colegio son cada vez más frecuentes, gracias a las redes sociales que permiten restablecer contactos perdidos hace mucho tiempo. ¡Pero cuan lejos estamos de aquellos viejos amigos! Los años transcurridos nos han transformado, las canas y las barrigas nos delatan, y apenas si podemos reconocernos al reencontrarnos. Sin embargo, no podemos desconocer que, más allá de los avatares del paso de los años y de los diversos rumbos que ha tomado la vida de cada uno de nosotros, las historias vividas en las aulas escolares constituyen un vínculo profundo del que no podemos escapar. Es un pasado que sigue vigente en el presente, hasta el punto de que podríamos decir, contradiciendo al poeta, que “nosotros los de entonces” sí seguimos siendo los mismos.

Esos viejos compañeros fueron el espejo en el que nos reflejábamos en una etapa temprana de la vida, en un momento en que no sabíamos muy bien quiénes éramos o qué queríamos y, con un optimismo desmesurado muchas veces, considerábamos el futuro como un espacio abierto repleto de dichas y posibilidades. Hoy, al reencontrarnos, redescubrimos en nuestros rostros las huellas de ese pasado, que siempre estuvo aquí, escondido en el fondo del corazón, pero dispuesto a resurgir en cualquier momento: una anécdota, un antiguo afecto olvidado, la empresa que nunca realizamos, el recuerdo de un amor, las rivalidades académicas o deportivas, los apodos macabros, los odios y las envidias, los apoyos y las idealizaciones, las hazañas con el otro sexo, las conversaciones que se guardaron en el alma, las viejas canciones que interpretaban los primeros delirios amorosos.

Salimos del colegio, construimos nuevos mundos, aparecen los desarrollos profesionales, los hijos, las separaciones matrimoniales, los éxitos y los fracasos; llegan otros amigos, otros intereses, otras formas de ver el mundo, pero aquellos antiguos vínculos siguen siendo fundamentales, mucho más que las relaciones del presente, porque fueron la experiencia primera de la vida (por fuera de la familia) sobre la cual, a la manera de un antiguo palimpsesto, se han reescrito las nuevas historias y los nuevos derroteros. Con ellos terminamos de aprender el lenguaje o resignificamos las palabras, configuramos las bases de la autoestima y reinventamos los criterios para construir la realidad y el futuro.

Y la pregunta existencial se impone: ¿Quién soy yo? ¿Qué me dicen las miradas de mis antiguos compañeros de lo que ahora soy con respecto a lo que anhelaba o prometía en aquella época? Cuando regresan aquellos viejos amigos con voces del pasado, tenemos que reconocer que su presencia nos confronta con el presente que ahora vivimos. Nadie conoce mejor que ellos la intimidad de mis proyectos de futuro, mis deseos de entonces de ser astronauta, médico, músico, ingeniero o poeta, porque guardan el secreto de aquella época remota, muchas veces inefable. ¡Cuántos sueños se han realizado o cuántas posibilidades se han perdido! Pero, como en el verso de Barba Jacob, “la vida va pasando y ya no es tiempo de aprender”. El asunto es que, por lejanos que estemos de aquellos viejos compañeros del pupitre, ellos siguen siendo parte fundamental de lo que somos.

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Posdata.
Escribo estas reflexiones porque el próximo fin de semana nos reuniremos en un remoto lugar de la zona cafetera (Hotel Café-café) los antiguos compañeros de la promoción 1972 del Colegio de San Luis Gonzaga. Y aprovecho para felicitar a las directivas de un colegio, que tanto ha aportado a la ciudad con sus más de 10.0000 egresados, por el cumplimiento de sus primeros 120 años de vida.

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