Revolución rusa

Revolución rusa

Octubre 31, 2017 - 11:40 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

El pasado 25 octubre se conmemoró el primer centenario de la revolución bolchevique rusa -los “diez días que estremecieron al mundo” según célebre expresión del periodista John Reed-, un acontecimiento que inauguró el Siglo XX, el más convulsionado de la historia humana. Nadie esperaba que en el país europeo menos desarrollado se rompiera la cadena del capitalismo y se abriera la posibilidad de la construcción de una sociedad alternativa, largamente soñada en las décadas anteriores, desde la Comuna de París de 1870 o la Revolución Francesa de 1789, que había instalado en el imaginario político occidental una promesa indefinida de igualdad.

La revolución rusa se convirtió en la “madre de todas las revoluciones” y dio origen al movimiento de más amplio alcance que haya conocido la historia moderna: treinta años después, en los albores de la segunda posguerra, un tercio de la humanidad era socialista. Pero también provocó muchas reacciones en su contra hasta el punto de que se puede decir que la historia del Siglo XX fue en buena medida la lucha entre la revolución y la contrarrevolución: la aparición del fascismo y el nazismo tiene mucho que ver con el pánico que provocaba la posibilidad de que esa revolución se expandiera. El temor se mantuvo durante mucho tiempo y obligó a los Estados occidentales a preocuparse por mejorar la condición de las clases subalternas. Aún en los años 60 muchos sectores intelectuales de Europa occidental consideraban que la Unión Soviética era el modelo de lo que sería el “futuro de la humanidad”.

Sin embargo, el fracaso del socialismo se hizo evidente con los grandes cambios introducidos en la China por Deng Xiaoping después de la muerte de Mao en 1976, cuando creó las bases de una economía capitalista de mercado. En los años 1980 era evidente que la economía soviética había entrado en un proceso de estancamiento: los indicadores sociales empeoraban, el modelo de planificación centralizada mostraba su inoperancia y la presión de los gastos militares agotaba los recursos del Estado. La llegada de Gorbachov con su política de apertura política y económica simultánea (glasnost y perestroika) fue la que condujo a la Unión Soviética “con creciente velocidad hacia el abismo”, según el historiador Hobsbawm. Y tras ella se derrumbó el socialismo en Europa, Asia y África como las fichas de un dominó entre 1989 y 1992, con excepción de Cuba y Corea del Norte.

El hecho real y cierto es que el “socialismo realmente existente” fracasó. Y eso obliga a todos los grupos de izquierda del mundo a replantear sus proyectos políticos. Más aún, teniendo en cuenta que esos experimentos fueron hechos en el marco de regímenes totalitarios en los cuales no existían libertades políticas de ninguna especie, los derechos humanos eran menospreciados y el control sobre la vida de los ciudadanos era extremo. Y donde se exaltaba la idea de una sociedad unida por un consenso total, carente de divisiones y conflictos, como ocurría en China donde los ciudadanos llegaron incluso a vestirse con un mismo traje de color azul en los años 1960, como expresión de una supuesta igualdad.

Marx decía que “la humanidad sólo se propone los problemas que puede resolver”. Y allí está tal vez la causa del fracaso: la inmadurez de un siglo que no había comprendido que las grandes transformaciones económicas y sociales, que se requieren para acabar con las desigualdades, sólo se pueden dar en el marco de un régimen democrático de libertades políticas dentro del cual no se menosprecien los valores individuales en nombre del valor supremo de la colectividad, y se reconozca el disenso y el conflicto. Un nuevo proyecto político de izquierda tiene que tirar de nuevo la baraja.

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