Los lugares comunes

Los lugares comunes

Diciembre 26, 2017 - 11:40 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Como una forma de olvidar las cosas difíciles de este año que termina hablemos de un escritor clásico francés del Siglo XIX llamado Gustave Flaubert, autor de Madame Bovary (1857), la “novela perfecta” a juicio de los grandes críticos literarios. Desde muy temprano en su vida se propuso recolectar los “lugares comunes” que se utilizaban en su época para referirse a las cosas más diversas e hizo un compendio, de más de mil acepciones, que se publicó en 1913, después de su muerte, con el nombre ‘Diccionario de las ideas recibidas y catálogo de las ideas chic’. Este libro es una especie de ‘manual de la estupidez’ donde se muestra la manera como a los más diversos aspectos se asocian frases estereotipadas, carentes de sentido muchas veces, pero que permiten a quien las pronuncia ‘darse aires’ de experto o a de conocedor para sobrevivir en medio de la ‘gran sociedad’.

Si usted se encuentra en una reunión, por ejemplo, y alguien pronuncia el nombre de Aquiles, la sugerencia es que diga de inmediato “el de los pies ligeros” y así pasa por un gran lector de la obra de Homero. Si otro se refiere a Dios no se olvide de la frase de Voltaire “si no existiera habría que inventarlo”. Nunca le debe faltar el ‘latinajo’ oportuno, la referencia erudita, la broma ya lista o el comentario irónico de acuerdo con la conveniencia o simplemente impuesto por la ‘estupidez ambiente’, como decía el poeta León de Greiff. El proyecto de Flaubert siempre me ha fascinado y a lo largo de los años he tratado de agregar nuevas acepciones a su diccionario, producto de nuestra propia cosecha. Veamos.

En las exposiciones de pintura, para manifestar el asombro frente a un cuadro, siempre podríamos decir: “¡Qué textura! ¡Qué manejo del color”, una frase que no dice absolutamente nada pero que da estatus a quien la pronuncia. “Todos a una como en Fuenteovejuna” es una proposición útil para expresar complicidad que además nos ‘pone en escena’ como conocedores de Lope de Vega y del Siglo de Oro español. Cuando una persona se enferma o tiene una necesidad hay que decir: “Te tendré en cuenta en mis oraciones”. Yo creía que esta frase era monopolio de los presidentes norteamericanos, pero ahora se ha difundido enormemente entre nosotros. Se supondría que quienes afirman esto tienen una práctica seria de oración, pero realmente no es más que una frase estereotipada, un lugar común entre otros.

El lenguaje que usamos está lleno de lugares comunes y de frases de cajón, que ya tienen previamente codificado un sentido: las “exhaustivas investigaciones”, el “sensible fallecimiento”, “brillaron por su ausencia” las “altas esferas del poder” o todo lo que se puede producir con la palabra “anunciada”: una “derrota anunciada”, una “separación anunciada”, para sólo citar algunos ejemplos.

Es increíble la manera como se van difundiendo de “manera viral” (otro lugar común) entre nosotros términos y expresiones, que todo el mundo termina repitiendo como loro. La palabra ‘tema’ que anteriormente se utilizaba para hacer referencia a la materia de un discurso ahora se usa para todo: “El tema de los pañales del niño”, “el tema de los gastos”, y así por el estilo. Anteriormente utilizábamos diversas expresiones para decir que seguíamos al tanto del asunto pero ahora se ha popularizado la frase “quedo atento”. Y eso sin contar con expresiones como “al interior”, un galicismo de baja estopa, que sólo puede ser utilizado cuando la preposición a es reemplazable por la preposición hasta.

¿Hablamos en Colombia el mejor español del mundo hispánico? Cuando uno viaja a México o Guatemala llega convencido de que esto es cierto por la manera como confunden en esos países el verbo ser y el verbo estar. Pero al escuchar por la mañana las entrevistas que se hacen a muchas personas por la radio queda claro que el asunto no es tan sencillo. Un feliz año para todos.

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