Elogio al perdón

Agosto 08, 2017 - 11:40 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

En los próximos meses la política colombiana estará cada vez más marcada por la confrontación entre los que buscan una conclusión favorable del Proceso de Paz y los interesados en mantener la polarización, con el argumento de una lucha contra la impunidad. Hay muchos que todavía no se han dado cuenta que la entrega de armas de las Farc el pasado 27 de junio, marca el final de un ciclo histórico de larga duración (que se puede remontar incluso hasta el Siglo XIX), en el cual el odio ha estado presente como categoría central de la vida política, y que ahora ha llegado el tiempo de perdonar, si queremos efectivamente sobrevivir y proyectarnos al futuro.

El conflicto colombiano ha estado siempre marcado por una secuencia de venganzas, desde las guerras civiles del Siglo XIX entre los partidos Liberal y Conservador y la ‘Violencia’ de los años 50, hasta las violencias contemporáneas. La degradación creciente del conflicto actual nos ha llevado a una verdadera crisis moral, fácilmente detectable en la manera como circulan en la vida pública discursos de odio y de venganza. Los líderes políticos, con Uribe a la cabeza, se dan cuenta que la gente demanda odio y por consiguiente ofertan odio con fines estrictamente electorales. Cuando analizamos los argumentos de los partidarios del No en el plebiscito, por ejemplo, percibimos que el común denominador era un mensaje de odio y de retaliación, que a la postre resultó triunfador.

¿Qué es la venganza? Según los teólogos es “un deseo apasionado de responder al mal con el mal con el fin de resarcir una ofensa recibida o un daño experimentado”. La víctima quiere recuperar la dignidad ultrajada por su victimario y, por consiguiente, trata de ejercer una violencia recíproca que invierta los términos y le permita resarcirse. Sin embargo, esto va creando un ‘círculo infernal’ que se reproduce sin cesar y del que es muy difícil salir.

La verdadera antítesis de la venganza, dice la filósofa Hanna Arendt, y la garantía de no repetición de la violencia, es el perdón. El odio es un sentimiento que no solamente recae sobre otro, sino sobre el que lo siente y por este motivo el perdón no es simplemente un acto gratuito de generosidad o una “claudicación indigna” sino el medio a través del cual la propia víctima se libera de su sufrimiento, de un pasado que la oprime, de la servidumbre del deseo de hacer daño a otro para recuperar su dignidad perdida.

El perdón se logra a través de amnistías, de Justicia transicional, de actos rituales de arrepentimiento e, incluso, en la esfera cotidiana social o íntima de cada cual. El reciente libro de la periodista Claudia Palacios, Perdonar lo imperdonable, nos ilustra con ejemplos concretos lo que en nuestra situación puede significar el perdón como único medio para romper con una “cultura de la venganza”.

Muchos de los partidarios de continuar la confrontación guerrera son cristianos y católicos que parece que no supieran, como dice Arendt, que “el descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret”. En chats de las redes sociales recibo diariamente bendiciones, invitaciones a conformar cadenas de oración, salmos, plegarias, actos de fe. Sin embargo, no puedo entender cómo las mismas personas que me envían estos mensajes son las primeras opositoras del Proceso de Paz cuando se pasa a este tema. ¿Cómo les es posible combinar venganza y religión cuando el Padrenuestro que manifiestan rezar a diario dice claramente “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”?, ¿cuando los Evangelios rechazan claramente la ley del talión, (“ojo por ojo diente por diente”) en nombre del precepto del amor? (Mateo 5, 38-48).

Solamente habrá paz si hay perdón. Sin perdón no hay futuro, dice el Nobel de Paz Desmond Tutu, artífice de la paz en Sudáfrica.

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