Volando por la paz

Marzo 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Cuando el ornitólogo Frank M. Chapman, curador de colecciones científicas de aves del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, junto con Louis Agassiz Fuertes y Williams Richardson, iniciaron en 1911 el camino desde Buenaventura hacia Cali a lomo de mulas quedaron pasmados ante la cantidad y variedad de aves encontradas por el camino. Se sorprendieron gratamente al ver que estas criaturas aladas se multiplicaban durante su avance por los senderos en cuanto a variedades y colores como nunca lo habían visto antes. Ellas cambiaban de aspectos y matices iridiscentes de acuerdo con los pisos térmicos por donde pasaban. Igualmente la flora se modificaba a su paso en un juego mágico que confundía cada vez más a los científicos exploradores.Una fresca mañana en alguna vuelta del camino en la última cuchilla de la montaña les llegó lo inesperado: la visión de la planicie vallecaucana en todo su esplendor. Los jinetes se apearon para observar sin premuras la singular belleza y el silencio los acompañó por largo instante para volver en sí y poder articular palabras. La planicie llevaba al igual que toda Colombia cuatro siglos de drástica depredación, por acción de “la mano del hombre que allí había puesto el pie” desde la Conquista, con tremendo impacto ambiental como sucedió también en casi todas las naciones desarrolladas del mundo que en algún momento tuvieron selva. Sin embargo les impresionó su magnífico paisaje donde observaron grandes retazos de la selva primigenia que dio albergue en el pasado a innumerables especies animales, selva en aquel momento ya entremezclada con diversos cultivos y amplios espacios para ganadería. La extensa planicie se encontraba en los últimos estadios de secamiento impuesto por la misma naturaleza y exhibía ahora un hilo de agua, el río Cauca, como drenaje de lo que había sido el gran lago de ‘Caucayaco’ con 426 mil hectáreas de extensión formado 40 millones de años atrás.Al iniciar el descenso hacia Cali, pueblito que se insinuaba en la distancia recostado al pie de los Farallones, comenzaron a sentir el frescor del bosque cargado de niebla, que crea en todas las cordilleras de la nación a esa altitud el efecto único, junto con la selva, de prodigar la vida a innumerables seres alados causantes del asombro en el mundo entero. Sin saberlo llegaban al inmenso aviario natural, donde hoy, un siglo después, se organiza el evento que ha puesto en movimiento a los habitantes de aquel pueblito transformado ahora en gran ciudad de tres millones de habitantes, para rendir homenaje de admiración a las aves, maravillosos seres convertidos en emblema protector de nuestros ecosistemas.El certamen es la Segunda Feria Internacional de las Aves Colombia, Birdfair 2016, evento especial que reúne observadores de aves de todas partes del mundo, el cual culmina mañana. Tiene el beneplácito de turistas de todo tipo, por ser Cali y el Departamento del Valle del Cauca los lugares donde se albergan más de 900 variedades de aves de las 1.900 que posee Colombia.Hoy cien años después de la llegada de aquellos investigadores norteamericanos quienes vivieron por un lustro en Cali, donde identificaron el enorme potencial ornitológico de los bosques de niebla que la rodean, dos jóvenes caleños, Carlos Mario Wagner, zootecnista, y Christopher Calonge, biólogo, encabezan el grupo que le da dinámica y motilidad a esta feria de aves con su deslumbrante variedad, que a no dudarlo desencadenará un nuevo orden turístico para lo cual la región debe prepararse. En la novela María, su autor menciona el “ave negra”. ¿A qué variedad se refería? Atractiva tarea para los biólogos y aficionados a la avifauna que por estos días nos embarga.

VER COMENTARIOS
Columnistas