Ocupación territorial

Ocupación territorial

Abril 04, 2017 - 11:55 p.m. Por: Alberto Silva

Un locuaz pensador decía que el valle geográfico del río Cauca es un regalo de Dios en la tierra. Bella expresión pero irreal, porque Él no da regalos. Proporciona sí, los medios para que la naturaleza los haga y los visibilice por medio de los seres vivientes y los inertes que posee. Así entonces colocó sobre el suelo de la planicie tres grupos étnicos: al blanco, al indígena y al negro como en un matraz para amalgamarlos y formar, ahí sí, a los encargados de producir ese regalo.

Cuán fácil es hoy criticar, atacar y denostar el trabajo de los ancestros vallecaucanos. Es muy cómodo llegar ahora montados en burbuja último modelo desde algún lugar de Colombia para cuestionar el destino que le dimos a nuestra región a la cual le cargan muchos los males ambientales, pasados, presentes y futuros de la nación.

Cuando los habitantes del Eje colonial enfrentaron el programa de abrir la selva de la cuenca del río Cauca desde Popayán hasta Santafé de Antioquia, incluido el valle geográfico del río Cauca, no soñaron que eso les llevaría más de tres siglos con el desgaste de decenas de generaciones. Pero lo hicieron y ahí está su obra como muestra.

Pues eso hacían los protagonistas caleños de la saga de artículos que venimos publicando, cuando pasaron a la otra banda del río Cauca en busca de más tierras, animados con el sano propósito de abrir mejoras y espacios para la agricultura y la ganadería -únicas modalidades de trabajo conocidas por esa época- en las tierras otorgadas o “encomendadas” por los capitanes conquistadores a los pioneros en esas soledades de la inmensa selva. ¿Cómo entonces inculparles hoy, ser causantes únicos de la deforestación de la planicie y las laderas, cuando ahora se hace en todo el país con motosierras? Es culturalmente conveniente imaginar la gesta de aquellos criollos conviviendo en sus ranchos con mujeres indígenas primero, luego con pocas blancas europeas y más tarde con las africanas, al desamparo de las formalidades médicas y sanitarias de hoy, acompañados con las rústicas dietas alimenticias de: yuca, arracacha, maíz y piezas de la pesca y la caza de monte.

Esto lo vivieron los colonizadores del Eje colonial del río Cauca durante los tres primeros siglos. En Santafé de Bogotá, apenas sabían que existíamos. La avanzada de ocupación vallecaucana, abrió la selva muy lentamente en la medida del aumento de la población humana que crecía de manera pausada al compás de la producción agrícola y ganadera.

En tanto, Cali vía Buenaventura, continuaba recibiendo y aclimatando familias españolas y surtiendo con ellas y las propias criollas caleñas, a las poblaciones que ya figuraban en las orillas del río padre, el cual se iba convirtiendo en la autopista de comunicación primaria del occidente colombiano. Poco a poco Popayán primero, después Cartago, luego Santafé de Antioquia y más tarde Buga, Palmira y todas las poblaciones que se establecieron en orden cronológico, recibieron todo el material genético (familias) producido en Cali con el cual formaron más adelante las regiones que hoy reconocemos como tales.

Al descuajar la selva de la otra banda del río Cauca, los caleños conocieron más de la fauna y la flora de los bosques húmedos y secos tropicales con su simbiosis y buscaron en todas las formas habidas y por haber ensamblarse a ellos. Así sembraron los pastos traídos como colchón para los esclavos en las bodegas de los barcos que los trasportaban en su flagelante travesía y que llegaban germinados por acción de la orina y las materias fecales. Pastos bautizados con los nombres de sus sitios de origen: Kikuyo, India, Yaraguá, Guinea, Pará, Pangola, Brachiaria y muchos más.

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