Nuestras mujeres

Nuestras mujeres

Marzo 30, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Es un enigma la llegada de la primera mujer europea al valle geográfico del río Cauca. No se conoce su nombre ni su ascendencia. Menos aún, el de la primera africana, ni la tribu de donde venía. Tampoco se conocerá jamás, el de la mujer aborigen que pisó por primera vez esta tierra milenios antes de las dos primeras, pero sí sabemos que tenemos un altísimo porcentaje de los grupos mitocondriales indígenas por razones muy simples: cuando los conquistadores arribaron a lo que sería la Nueva Granada, lo hicieron sin sus mujeres blancas europeas quienes igual a las negras africanas llegarían gota a gota años después.Por tanto los invasores españoles tuvieron años de forzada veda de sexo con mujeres blancas y las aborígenes asumieron entonces su natural papel. Se convirtieron en los vientres de donde nacieron miles de mestizos.Pasarían algunos siglos, (el tiempo no se tasaba como hoy, en horas ni en minutos), hasta cuando llegó la Primavera de la Independencia y con ella la santa rebeldía de la mujer vallecaucana, quien en su cotidianidad venía en labores serviles y de sumisión que hoy nos causa estupor. De inmediato cambiaron esa condición y acompañaron a sus hombres a título de ‘voluntarias’ en el tránsito hacia las batallas. Cumplieron como enfermeras en los rústicos hospitales de campaña, sepultaron a sus hijos, esposos, amantes, amigos y parientes en todos los rincones del país en formación. Ellas parieron la nación.Al llegar la hora de escribir la Historia Patria, los señores del altiplano olvidaron el protagonismo de sacrificio y valor de la mujer. Debido a su centralismo mental solo atinaron nombrar a Policarpa Salavarrieta y Antonia Santos, las demás no existían. Todo lo que girara alrededor del 20 de julio en Santafé y lo acontecido en la Batalla de Boyacá era válido, lo demás, para nada. Así pasa aún por estos tiempos.Vendría entonces la escalada de la mujer vallecaucana en la vida nacional y comenzó por el martirio. Si allá en Santafé aparecieron en pantalla solo las dos mencionadas, acá en el valle geográfico del río Cauca fueron siete: Rafaela Denis en Quilichao, inmolada el 14 de diciembre de 1814. En la ciudad de Toro fusilaron a Carlota Rengifo y Dorotea Lenis el 5 de febrero de 1815. Otras dos heroínas Dorotea Castro y su esclava María Josefa Costa lo fueron en Palmira la mañana del 19 de septiembre de 1817 y María del Carmen Olano sufrió el martirio también en Quilichao el 2 de febrero de 1820, mientras que en Caloto el turno fue para Bárbara Montes quien recibió la descarga de fusilería el 24 de septiembre del mismo año. Todas ellas comprometidas con la causa de la Independencia cumplían labores de inteligencia, albergue y suministro de armas para los patriotas. Cada una tiene su historia propia.Por estas fechas estamos en pleno Bicentenario de su sacrificio y para honrar su memoria nada se ha hecho, ni quizás se hará. ¿Será que lucen menos sus heroicos méritos que los de la nidada de gatas de Cali, o los de Jovita Feijó y la María Mulata de la entrada de la vía al mar (ave nativa de la Costa Atlántica), los del perro de San Fernando o los de la vendedora de chontaduros?La gobernadora Dilian Francisca Toro con su sensibilidad femenina debe reivindicar en justicia, la ofrenda que hicieron estas mujeres vallecaucanas en favor del país. Porque de los poderes centrales no vendrá nunca ningún reconocimiento. No se requiere de mucho esfuerzo mental para imaginar lo que habría pasado si estas heroínas hubiesen nacido en los alrededores de la Capital de la República: su monumento se vería desde Cali.

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