La lápida

Diciembre 03, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Nadie creería que una persona fuera capaz de hacerse embolar los zapatos encima de la tumba de sus padres. Pues empecemos a creerlo. En la capital vallecaucana esto ocurre a diario en su Plaza Mayor. Y se hace por desconocimiento de los hechos históricos ocurridos ahí. Eso es lo verdaderamente grave. No existe explicación alguna para que a un recinto de las características de la Plaza de Caicedo se le haya dado tan pésimo trato n los últimos 50 años por parte de las administraciones municipales y la ciudadanía en general, hasta el punto de borrarle su glorioso pasado, permitiendo a los que por ella transitan, actuar como semovientes vacunos en un potrero.Es inconcebible que esas administraciones hayan ignorado los hechos heroicos ocurridos en el ámbito de la Plaza. He aquí algunos: una docena de caleños empaparon con su sangre el piso de ella cuando fueron fusilados ahí en el cadalso durante las gestas libertarias. ¡Por Dios! ¿Dónde está el mural con los sagrados nombres de los que allí fueron inmolados? ¿En qué lugar de la Plaza se encuentra la placa testimonial de que desde su centro partieron hacia Quilichao, 228 caleños y 120 cundinamarqueses para encontrarse con los 850 soldados de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca de la “otra banda” e ir a dar la primera batalla de Independencia en el Bajo Palacé cerca de Popayán?El rosario de interrogantes es impresionante. El nombre de Manuel María Larrahondo, portador de la bandera azul y blanco (actual bandera del Valle) y primer soldado caído en combate en la Independencia de Colombia no se ve por ningún lado. Tampoco se encuentra por parte alguna el bronce grabado con la mención de que allí en la Casa Consistorial de esa época, hizo su inmortal proclama Joaquín de Caicedo y Cuero, donde también se firmó el Acta del 3 de julio de 1810, motivos entre otros, que llevaron a bautizarla con el venerable nombre que lleva puesto.Después de Boyacá, cuando Simón Bolívar quiso avanzar hacia el sur, envió por delante a Antonio José de Sucre, quien de inmediato tomó a Cali como punto de reclutamiento de tropas y a su Plaza Mayor como recinto para acampar su regimiento. Allí reconstituyó con reclutas de la región al batallón Albión, el cual había estado integrado sólo por ingleses y formó también el batallón Santander con vallecaucanos. En las vegas del río a una cuadra de la Plaza, los coroneles ingleses John Mac Kintosh y John Johnston adiestraron a las tropas del Valle que llegaron a casi dos mil hombres. La ribera opuesta del actual Puente Ortiz fue el campo de tiro de los noveles guerreros. De allí partió el general Sucre por la selva del Pacífico (el páramo de Pisba se queda chiquito) hacia Buenaventura, para invadir por mar a la Provincia de Quito vía Guayaquil. Diez meses después hizo lo propio el Libertador en la Plaza Mayor de Cali para partir desde allí por tierra, hacia Pasto, con más de dos mil hombres casi todos vallecaucanos Con la excepción del monumento al prócer, no se encuentra ninguna señal al interior de la Plaza que recuerde esos trascendentales hechos. La lista es larga, no cabe en esta columna ni en otras más, pero los enunciados aquí serían suficientes en cualquier sociedad que se respete, para considerar ese espacio como un santuario y no como la triste lápida, que hasta un clavel le niegan las administraciones municipales, una tras otra.Corresponde al señor alcalde Rodrigo Guerrero Velasco de reconocido amor por Cali, y al Concejo Municipal, enmendar la indolencia de quienes les antecedieron y darle la connotación que amerita la venerable plaza.

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